viernes, 28 de diciembre de 2018

Prólogo a Cartas

A continuación traduzco al castellano algunos escritos de otros miembros de la familia cuyo destino estuvo estrechamente ligado al de la querida 'Mutti'.

En primer lugar, una traducción del inglés de un escrito de Olga Goodrich, madre de Elisabeth Moeller, autora de esta biografía. Este texto me lo entregó mi madre y estaba escrito con letra cursiva en un cuaderno; luego apareció una copia del mismo, hecho a máquina por mi abuelita Olga.

Posteriormente, traduzco una carta de Dorli Halbig Demuth, hija de Christl Demuth, hermana de mi padre, Fritz Demuth, y persona que mi madre menciona en su biografía. En esta carta me envía una serie de fechas que complementan la biografía de la cual aquí se trata. Según Dorli, las extrajo de un diario de vida.

Aparentemente hay algunas fechas que no coinciden con las dadas por mi madre, pero esto se debe a que ella escribió sobre su vida muchos años después de sucedidos los hechos. En todo caso, me remito a traducir, en la forma más exacta posible, la parte que interesa.


Fritz Demuth Moeller

Lo que realmente sucedió en Checoeslovaquia

Eran las 5:30 p.m., yo estaba durmiendo en nuestro confortable hogar, en la orilla de una gran ciudad de Checoeslovaquia. Desperté sobresaltada a causa de un ruido como truenos, provenientes de la puerta delantera. Me cubrí las espaldas con una prenda y me dirigí hacia la entrada. Dos policías checos estaban parados allí y me instaron a salir a la calle. Yo sabía por experiencia que no se podía hacer nada, fuera de obedecer. Así es que salí detrás de ellos; en la calle encontré a todos mis vecinos, que se hallaban en las más diversas vestimentas y con la cara llena de espanto. Se me dijo atentamente que nuestra calle debía ser evacuada y que debíamos abandonarla todos a las 9:30 a.m., con un equipaje de sólo hasta 30 libras (o sea, menos de 15 kg), si es que podíamos llevarlo a cuestas o bien en un coche de bebé u otro similar. Para obtener más información debíamos dirigirnos a la estación de policía más cercana.

Yo le dije al policía que era nacida en Inglaterra y que mi esposo, un austríaco de 80 años, se encontraba enfermo. Él me respondió que si me dirigía a la estación de policía con todos mis papeles, podría tal vez quedarme. Me fui nuevamente a mi casa y, por un momento, mi mente se encontró en blanco. Habíamos pasado por tantas cosas las últimas semanas, que a veces me era muy difícil pensar claramente. Luego me di cuenta de que debía actuar rápido.

Yo no me encontraba sola; conmigo vivía una hijastra, dos nietas -de cinco y seis años de edad-, y, por supuesto, mi marido. Las cosas se habían puesto sumamente difíciles y complicadas después de la guerra en nuestro pueblo; primero, con la invasión rusa, tema sobre el cual no me voy a extender porque se ha escrito mucho y estoy cierta de que nada se ha exagerado; y, ahora, los checos. A raíz de esto, llevé a vivir a dos nietas conmigo [Yutta y Ellen (nota de Teddy)]. Por ser nacida en Inglaterra, tenía cierta protección. Si las niñas eran encontradas, serían llevadas al campo de prisioneros, al igual que mi hijastra. En primer lugar, le dije a mi marido que se quedara en cama y no se levantara por ningún motivo, haciéndose lo más enfermo posible. Nuestro teléfono había sido sacado algún tiempo atrás, así es que me dirigí a la casa de un doctor cerca de mi hogar, con el fin de tratar de llamar a mi hija desde allí [se refiere a mi madre (nota de Teddy)]. Pronto me di cuenta de que los teléfonos de todo el vecindario habían sido cortados. Además, nuestra calle se hallaba rodeada por alrededor de cien policías, provistos de pistolas y temibles rifles colgados de sus hombros. Finalmente, mostrando un antiguo pasaporte inglés, se me permitió salir de ese círculo, para ir donde una amiga a llamar por teléfono.

Todo esto demoró bastante tiempo y cuando finalmente llegué donde mi amiga, ésta había salido a comprar. Entonces llamé a una amiga checa, que había estado en mi casa y que ahora estaba pasando la noche donde otra amiga, en el pueblo. Le pregunté si podía venir inmediatamente, con el objeto de ayudarme. Me respondió que vendría lo antes posible; sin embargo, al llegar a la barrera de policías, que cercaba el lugar, se le dijo que sólo podría pasar si es que tuviera un documento que constatara que vivía en mi casa. Ella no poseía tal documento, y consciente de la difícil situación en que yo me hallaba, corrió hacia la oficina en que se otorgaban dichos documentos. La puerta de la oficina se encontraba abierta, pero los empleados aún no llegaban. Mi amiga, que estaba acostumbrada a tratar con tales asuntos, cogió un formulario, lo llenó rápidamente y, finalmente, puso los timbres necesarios, los que sacó de los respectivos escritorios que allí había.

Con esto, ella pudo llegar a donde yo estaba y juntas nos dirigimos a la estación de policía. Nunca hubiese podido ir sola, ya que hablaba fluidamente el alemán, pero nunca había aprendido a dominar el checo. Cuando traté de entrar, fui bruscamente empujada hacia atrás. Finalmente, gracias a que mi amiga era una despierta y atractiva muchacha, que además poseía un gran poder de persuasión, se nos permitió entrar para presentar nuestro caso.

Después de una acalorada conversación, se me dijo que solamente mi esposo y yo podíamos quedarnos en la ciudad hasta nuevo aviso, pero nadie más. Después de esto regresamos a mi casa, ya que el tiempo apremiaba. Allí llevamos a mi hijastra y a las dos nietas al ático (entretecho) y las escondimos en la paja. Les dije que no hicieran ruido, sucediera lo que sucediera. Las pobres niñas estaban muertas de miedo y, sin embargo, el futuro les depararía aún peores momentos.

A través de la ventana pudimos ver a muchos vecinos que abandonaban sus hogares, provistos de abrigos y mochilas. En la mayoría de los casos, llevaban pequeños niños y coches de bebé abarrotados de ropa de cama y algunas maletas. Era un visión horrible; los pobres seres parecían moverse dentro de una pesadilla, y, no obstante, muchas más de estas procesiones tuve que observar en los meses sucesivos. Vi pasar a mi vecino junto a sus dos pequeñas hijas. Las niñas se aferraban a sus muñecos y llevaban consigo todo lo que sus fuerzas les permitían. Mi vecina esperaba aún a su marido, que debía llegar de algún frente en el que había combatido en la guerra, y sabía que ahora, que tenía que irse, pasarían años antes de que se encontraran. Yo sabía que la policía llegaría pronto para ver si todos habían abandonado las casas. Mi buena amiga estaba sentada en la parte delantera de la casa, fumando un cigarrillo inglés, cuando apareció un policía muy joven. Afortunadamente era uno solo y venía a revisar la casa. Mi amiga le ofreció de sus cigarrillos y un buen trago fuerte. Luego invitó al policía a la cocina, en donde se sentaron y le sirvió abundantes tragos, a la vez que coqueteaba con él. Durante ese tiempo, le conté al policía que solo yo, una dama inglesa, y ella, una checa, vivíamos en esa casa, y ninguna persona germanohablante.

Después de 20 minutos de agonía para mí, ya que cualquiera de las niñas podía hacer ruido, el policía se retiró satisfecho de su inspección. Después de un tiempo pudimos observar a través de la ventana que el policía lentamente se fue retirando de nuestra calle y el cerco se podía considerar, por el momento, roto. Lo que, sin embargo, no iba a durar mucho.

Muchas cosas sucedieron después de esto y que yo podría relatar aquí; las cosas se pusieron cada vez peores y mi esposo pronto tuvo que irse, en un transporte de carga, junto a dos de sus hijas. Antes de ser llevados a los vagones de carga para animales, estuvieron encerrados dos días en un campo de prisioneros, donde se les quitó todo lo que tuviera algún valor. En el vagón en que fueron transportados, sólo habían escasas bancas duras y un balde en un rincón. En estas condiciones tuvieron que viajar tres días y tres noches. Durante el trayecto, en el vagón murió un anciano de casi 90 años. Llegados al país de destino, eran dejados en diferentes lugares, de preferencia en el campo y totalmente abandonados a su suerte.

Pero todo esto es ya otra historia y muy larga para ser contada aquí.

Personalmente, después de un tiempo, pude volar en avión hacia Inglaterra, con algunos escasos bienes. Desde allá y después de un año, más o menos, logré traer a mi marido.

Todo lo sucedido a nuestra familia en aquel tiempo, se repetía en toda Checoeslovaquia en donde hubiera personas germanoparlantes. Los alemanes habían vivido durante cientos de años en aquellos territorios, y, prácticamente antes de que transcurriera un año, más de tres millones y medio desaparecieron de ese lugar. Una gran parte fue deportada a Alemania, la cual se hallaba ya superpoblada y totalmente en ruinas. Muchos murieron en el camino o los hicieron morir lentamente de inanición. Pero esta parte de la historia es demasiado horrible para ser escrita.

Olga Goodrich Woollven

Carta de Dorli Halbig Demuth

En mayo de 1945 entraron los rusos en Reichenberg y los checos tomaron las riendas del gobierno. Nosotros los alemanes nos vimos obligados a usar brazaletes blancos. En junio de 1945 me recomendó mi padre como institutriz para ustedes (yo soy parvularia). El 14 de junio de 1945, el tío Fritz fue llevado al campo de concentración. La mutti (Elisabeth) llevó a Yutta y Ellen a donde la abuela Moeller. Después de ocho días, el tío Fritz pudo regresar del campo de prisioneros, lo cual debió de agradecérselo a Elisabeth. En julio 27 de 1945, tus padres también se trasladaron donde los abuelos. En octubre 19, abandonamos nosotros Reichenberg, y fuimos donde nuestra tía en Viena. En diciembre, 1 de 1945, llegó el tío Fritz con un transporte húngaro a Viena. El 17 de diciembre viajó de vuelta a Reichenberg.

El 24 de enero de 1946, fue nuevamente llevado al campo de concentración, en donde estuvo un tiempo junto con mi padre. Desde ese tiempo no fue posible obtener más noticias ya que nosotros nos hallábamos en Viena.

NOTA:

Mi prima Dorli termina esta relación hablando su padre, que también mi madre menciona mucho en su biografía; murió en 1969, y en 1970 murió su marido, quedando viuda. Ahora vive con su madre Christl en Burgsteinfurt, Alemania Federal.

Indudablemente que esta secuencia de fechas deja espacios que corresponden o que se deben a que durante los hechos que vivió mi madre, los Halbig se encontraban fuera de Reichenberg, por lo cual no existe, en el fondo, ninguna confusión. Mi madre parecía no darle importancia a las fechas, sino solo dejar testimonio de sus vivencias, para que sirvan de ejemplo a futuras generaciones de la familia.

Epílogo

El valor histórico y sentimental que tiene el libro que en sus manos se encuentra, es invaluable. Son extractos de la vida de nuestros antepasados, que han llegado hasta nuestros días y hasta cada una de las personas que lea estas autobiografías, por algo. Por algo que cada uno debiera descubrir.

Ojalá y no dejáramos pasar esta ocasión sin detenernos para reflexionar un poco, para mirar hacia atrás, contemplar el pasado y valorizar el esfuerzo que hicieron nuestros abuelos para poder llegar a nuestro país y poder brindarnos esta vida tranquila, en estas tierras, que sin duda para ellos fue el paraíso, luego de soportar tanto dolor y desencanto durante la Segunda Guerra Mundial.

Sólo me falta decir que sería bueno que esta costumbre de relatar nuestras vidas, no termine aquí, porque la historia no ha terminado y cada uno debería completar el trazado que en este libro se ha construido. Yo mismo, como habitante de Villa Alemana (último lugar que nombra mi abuela Elisabeth), me siento muy motivado a seguir con el relato (aunque mis historias poco tendrán que ver con lo que la Mutti nos ha contado), pero, en el futuro, venideros parientes, interesados en la historia familiar, agradecerán nuestro esfuerzo.

El poder confeccionar este libro ha sido para mí todo un honor y un agrado inmenso, y creo que todo aquel que lo lea, sentirá lo mismo.

Wolfgang Demuth Bozzo

En despedida al doctor Federico Demuth


Hace algunos días se apagó en paz la heroica vida de un hombre de habla alemana y a la vez doctor. Rodeado y cuidado por sus hijos y por su esposa, que también lucha por su salud. Terminó una existencia, la cual, en el lugar que estuviere fue dedicada a curar y calmar al enfermo. Los cada día mayores nietos fueron para él un importante alivio y alegría y enriquecen a nuestro querido Chile de la mejor herencia europea.

Mientras la mayoría de los profesionales pueden escoger su propio futuro en su trabajo, a este médico no le tocó tal suerte. El destino le puso en su vida una cadena ininterrumpida de sorpresas y obstáculos como a muy pocas personas suele suceder.

El doctor, de 78 años, descendía de una familia bohemia de la ciudad de Reichenberg, en el mismo lugar en que como súbdito del emperador austro húngaro José Francisco I vio por primera vez la luz. A menudo contaba de su niñez, en que como alumno de la primera clase le tocó dar la mano y, otra vez, entregar un ramo de flores al monarca.

Después del bachillerato, participó como oficial austriaco en la Primera Guerra Mundial, y entró en 1918 en la Universidad alemana de Praga, para ser finalmente promovido en Viena.

Los entonces mundialmente famosos ginecólogos profesores Wabel y Wagner se contaban entre sus profesores, los cuales le sugirieron trabajar en el hospital urbano de su ciudad natal. Allí llegó a ser pronto director de dicho establecimiento.

Sin embargo, todo no iba a resultar tan fácil de ahí en adelante. Cuando en octubre de 1938, las tropas alemanas ocuparon el territorio del Sudete, pudo permanecer el Dr. Demuth en calidad de insustituible en el hospital, pero es colocado en una situación muy desagradable al fin de la guerra por el gobierno checoeslovaco. Solamente su calidad de médico lo salvó de lo peor. Mientras a la familia se le permitió seguir viviendo en el subterráneo de su propia casa, él fue llevado a un campo de concentración. Tres años duró esta situación y cuando la inquietud lo llevó a pedir ayuda a viejos amigos checos, la respuesta lacónica fue: “debiera estar contento de estar ahí dentro. Afuera no existe ninguna garantía para su vida”.

Cuando luego apareció un rayo de esperanza llegó la invitación de Sudamérica. A través de organizaciones caritativas logró contactar con el consulado chileno en Praga y además los pasaportes necesarios. La alegría era grande, sin embargo, para el viaje no existían los medios económicos. Fue en ese momento en que hizo su aparición un ángel salvador: la buena suegra, que vivía en Londres y que ya había ayudado con mercadería y que más tarde colaboraría en la organización y en la parte financiera para construir una vivienda.

Y un hermoso día, luego de una travesía por la pampa argentina y la nevada cordillera de los Andes, la familia bajó del vagón de tercera clase en la estación Mapocho de Santiago.

Para ellos todo no iba a ser tan fácil, sin embargo, respiraron aliviados por encontrarse en este oasis de paz y amistosa gente.

El entonces ya cincuentón debió acostumbrarse y aprender el nuevo idioma y a pesar de la gran camaradería y ayuda de sus colegas, debió cumplir una serie de requisitos legales ingratos, ya que la ley aún era el no muy rígido Chile.

La autoridad central del Servicio Nacional de Salud lo envió a Vichuquén, un pueblo cercano a la costa de la provincia de Curicó. Allí revivió el emigrante con sencillos medios, gran entusiasmo y muy escasos recursos, un hospital ya abandonado.

Con gran tranquilidad y paz y con el agradecimiento de una desamparada población rural, logró el “doctorcito” hacerse de un gran renombre. Luego de cinco años en esas condiciones, se le permitió adquirir la nacionalidad chilena.

De estos días de práctica rural proviene esta anécdota contada por él mismo:

Una mujer sufría varios días de fuertes dolores de vientre. El examen confirmó esta dolencia que se localizaba bien abajo a la derecha. La paciente quedó bajo observación y después de 48 horas apareció una hinchazón en la pared vaginal derecha. Además, fiebre en un estado general aceptable. Diagnóstico: purulencia enquistada. La zona fue adormecida con anestesia local y abierta con un bisturí. ¿Qué es lo que apareció? Gran cantidad de pus fluyó hacia fuera y entre ésta apareció, ya medio descompuesta, la apéndice. Las manos hábiles del ginecólogo suturaron pronto el resto del intestino.

¿Cuántos doctores pueden contar esto?

Los últimos años en Vichuquén se hicieron para la familia Demuth muy difíciles, debido a que las niñas estaban en edad escolar y el vecino y mundano balneario de Aquelarre se encontraba aún incipiente.

Por esta razón, no fue sorprendente que el nuevo médico chileno buscara nuevos horizontes. Estos los encontró en la localidad de Villa Alemana y Quilpué, en donde iba a pasar fructíferos años como ginecólogo y médico general.

A través de su bondad, competencia y preocupación que dedicó a la población, pagó con creces la hospitalidad de su nueva patria.

Nosotros nos inclinamos en despedida de este gran hombre que llevó la pesada carga de su destino con la moral alta y sin desfallecer. Su vida y obra nos llena de gratitud y admiración.

Quieran las nuevas generaciones reconocer en este ejemplo que para servir al prójimo no se requieren clínicas universitarias y pomposas, sino que cualquier lugar es bueno siempre que haya buena voluntad.

Que nunca nos abandone la memoria del Dr. Demuth, el siempre bondadoso y encantador hombre con el acento alemán bohemio. El profesional y amigo del hombre predestinado a ser médico. El sabio y versado, de cuyos ojos emanaba gran sabiduría. El mensajero de un mejor mundo que debemos forjar en nosotros mismos.

Dr. Juan Westermeyer

Memorias de un prisionero de guerra


25 de febrero 1945

Un pequeño bosque directamente detrás de la frontera en Pommern.

“Compañía en formación”, “Firmes”, “Vista de frente”, “Vista a la derecha”
“Teniente Coronel Moeller – en nombre de … le otorgo la Cruz de Hierro Primera Clase por especial valentía.”
“Vista de frente”, “Rompan filas”.

En los primeros días de marzo de 1945 nos llegó la noticia de que los rusos habían avanzado, con grandes refuerzos, a nuestras espaldas en la costa oriental. Estábamos atrapados. Discusiones en la división, en el regimiento, en el batallón y en la compañía. Órdenes del alto mando: dejar todo e intentar abrirse paso en pequeños grupos hacia el occidente, llevando solamente el equipo de ataque.

El 3 de marzo comencé mi marcha. Después de varios encuentros con los rusos, éramos solamente un pequeño grupo de batalla de cinco soldados y dos oficiales (mi oficial de Compañía, un teniente de Dresden, cuyo nombre no recuerdo, y yo). Cuando era posible, marchábamos durante la noche en la oscuridad, durante el día descansábamos y solamente un guardia vigilaba.

5 de marzo. Estábamos dormidos en un hoyo de arena, cuando nos despertó el guardia –una compañía de rusos recorría el terreno y venía directo hacia nosotros. Se inició un enfrentamiento de media hora –nosotros teníamos solamente un herido, ya que con sus MG’s y MP’s no nos podían alcanzar en nuestro refugio. Pero entonces apareció una serie de tanques (T-34) que recorrían un camino lateral, y a los que pararon los rusos. Los tanques se dieron la vuelta y comenzaron a avanzar por el campo dirigiéndose directamente hacia nosotros. Como no teníamos ninguna clase de armas para defendernos de los tanques, estábamos frente a la decisión si dejarnos atropellar por los tanques o dejar que nos tomaran prisioneros. Nos decidimos por lo último.

En el último momento enterré mi gorra de oficial en la arena ‐lo hice por algún instinto–. Como tenía puesto un traje blanco de camuflaje sin insignias en los hombros y que estaba cerrado hasta el cuello -por lo que tampoco se veían los espejos-, no podían identificarme como oficial. El teniente de Dresden no lo hizo y, cuando los rusos vinieron y lo identificaron como tal, lo mataron al instante.

Inmediatamente se nos abalanzó una horda de mongoles para saquearnos ‐lo primero fueron los relojes. Sólo después de esto tuvimos que entregar armas y municiones –desgraciadamente en ese momento se me olvidaron por completo mis granadas de mano que tenía en el morral. Me preguntaron si tenía otras armas y lo negué, así que cuando me las encontraron, ya había sacado otra vez su pistola uno de esos asiáticos y si no porque intervino un oficial ruso, me hubiera ejecutado ahí mismo. No obstante, me golpearon de tal manera que me dejaron tirado casi inconsciente.

En la noche nos llevaron a una barraca a Schivelbein (Pommern). Allá ya habían reunidos algunos cientos de prisioneros.

Durante los siguientes días tuvimos que marchar desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, siempre a lo largo y detrás del frente ruso; era una especie de marcha de propaganda para las unidades rusas que llegaban al frente, para que éstas se sintieran motivadas viendo a los prisioneros. En estos días no hubo nada de comer ni beber de parte de los rusos –lo que era mucho peor por estas marchas tan prolongadas. Una gran parte de los prisioneros no aguantó el ritmo de éstas. Al final de la columna de prisioneros venía un llamado “comando de ejecuciones”. Todo aquel que ya no podía seguir adelante, no importando las razones, que podían ser muchas: hambre, sed, agotamiento, pies lastimados, etc., cuando se quedaba unos metros atrás de la columna, era empujado a la cuneta y ejecutado. En la noche nos amontonaban en algún granero o caballeriza; siempre estábamos tan apretados, que cuando mejor nos iba, nos podíamos sentar, pero no nos podíamos acostar. No teníamos ni cobijas ni abrigos. Era una ventaja marchar lo más adelante posible en la columna, ya que así por lo menos podía uno tomar agua de los charcos y, además, no era testigo de las ejecuciones que ocurrían atrás. Eran escenas terribles. Todos sabían que si se quedaban atrás, serían ejecutados. Y por eso todos se arrastraban con sus últimas fuerzas, hasta que algunos finalmente ya no podían.

En Arnswalde, en un campo de prisioneros, nos dieron de comer por primera vez una sopa y 200 gramos de pan. Allí nos quedamos algunos días y después nos llevaron en un vagón de ganado enrejado a Posen –el transporte al oriente. No sabíamos a dónde nos llevaban, no sabíamos cuánto iba a durar nuestra miseria –habíamos dejado de ser seres humanos.

En Posen estuve de abril a octubre de 1945.

El alojamiento fue en un campo de prisioneros en barracas llenas de chinches, en literas de tres pisos de tablones de madera; cada quien tenía cerca de 30 cm de espacio –de ninguna manera podíamos acostarnos de espaldas. En todo ese tiempo no teníamos ni cobijas ni abrigos ni sacos con paja, así que debíamos dormir directamente sobre la tierra o sobre los tablones de madera. Todos los días teníamos que formarnos durante una o dos horas para que nos pudieran contar –esto en todos los climas, también durante la lluvia. La alimentación consistía en ½ litro de sopa aguada (por ejemplo, agua con pocas cáscaras de papa) y 500 gramos de pan; esto tres veces al día.

No teníamos idea de los acontecimientos que sucedían en el resto del mundo. Como no sabía que estaban evacuando Reichenberg, o por lo menos no tenía idea de la extensión de estos sucesos, quería regresar a esa ciudad; por eso pertenecía a la llamada 'Compañía Checa'. Una buena parte de los prisioneros que la integraban fueron liberados durante el verano ‐hacia Checoslovaquia– pero no los oficiales. En mayo interrogaron a todos los prisioneros de este campo y conmigo se dieron cuenta, entre otras cosas, que vivía fuera de Alemania. Como consecuencia de eso, al día siguiente me pasaron a otro campo de prisioneros.

Una vez dentro, me recluyeron otra vez en un lugar detrás de alambres de púas, adonde estaban todas las “personalidades sospechosas”. Ahí estábamos todos muy amontonados y casi no nos podíamos ni mover. Pero lo peor eran las torturas psíquicas, el estar encerrados de esa manera totalmente sin razón ‐ni siquiera podíamos ir por nuestra comida, sino que nos la tenían que traer. A cada rato venían por personas que iban a interrogar, casi siempre durante la noche. Algunos desaparecían inmediatamente después y otros regresaban todos golpeados. A mí no me interrogaron y permanecí en ese “campo especial” hasta octubre.

Epidemias, sobre todo disentería, estaban a la orden del día y muchos murieron. Oficialmente no registraban a los muertos en ninguna forma, así que los parientes nunca podrían ser notificados. A la cabeza de cada uno de los campos había siempre un comandante alemán. Éste en Posen era peor que el peor de los rusos; siempre se le veía con un palo en la mano y con él constantemente golpeaba a los prisioneros. Igual de terribles eran los miembros del llamado “Comité Antifascista”, que abreviaban 'Antifa'. Ellos ejercían una increíble presión sobre los prisioneros, y trataban de mejorar su situación frente a los rusos imponiendo un régimen especialmente estricto. Y los rusos claro que sabían mantener a estas creaturas y les daban más y más fuerza, de manera que en los campos se convirtieron en órganos de terror –ante los cuales ningún prisionero estaba a salvo. Una de sus frases favoritas era: “volteen todos sus sacos” y de esta manera reconocían a los oficiales y a estos les iba especialmente mal.

A principios de octubre los prisioneros tuvieron que formarse una vez más y un oficial ruso se dirigió a nosotros. Nos dijo entre otras cosas: “Yo les doy mi palabra, como general ruso, que ya ningún prisionero de guerra será llevado al oriente”. ¡Dos semanas después nos metieron a todos amontonados de 50 en 50 a vagones de ganado y así salió un transporte tras otro al oriente! Y de eso nos dimos cuenta una y otra vez en el transcurso de los siguientes años: no existe ningún ruso que diga la verdad –tampoco Stalin.

En este transporte estuvimos en camino durante dos semanas y quien haya ido en un transporte de prisioneros en Rusia, nunca lo va a olvidar. Durante el camino nos daban de comer una vez al día una sopa y 200 gramos de pan seco. Generalmente la sed era peor que el hambre. Dos veces al día revisaban los vagones para asegurarse de que nadie fuera a tratar de escapar.

Pasamos por Lituania. Con otro oficial, el cual estaba acostado junto a mí en el piso del vagón, habíamos quitado todos los clavos de dos tablas debajo de nosotros; esto lo logramos con ayuda de un limpiador de uñas y un clavo y nos queríamos dejar caer a las vías cuando el tren estuviera saliendo de la estación en la noche. Desafortunadamente, los demás se dieron cuenta de nuestras intenciones y nos impidieron hacerlo, por miedo a represalias de parte de los rusos. Durante el camino murieron muchos por la disentería –a éstos los dejaban tirados dentro de los vagones por días enteros; de vez en cuando abrían un poco la puerta y permitían que los muertos fueran empujados hacia afuera, en donde rodaban por el declive junto a las vías y ahí se quedaban tirados. ¿Quién le iba a avisar a las esposas y a las madres?

Después de dos semanas nos descargaron en Kohtla Järve en Estonia. El campo en ese lugar no estaba preparado para nuestra llegada y primero no querían recibirnos. Pero finalmente nos acomodaron provisionalmente y ahí nos quedamos los siguientes dos meses. Por mis conocimientos de ruso me hicieron traductor en el campo y no tenía yo que salir a trabajar; todos los demás se iban a una cantera. Era otoño -noviembre, diciembre- y hacía mucho frío. Otra vez los miembros de la Antifa resultaron ser de lo peor –¡todos eran sajones!

Yo llevaba las listas del campo y un día todos los prisioneros fueron revisados por un médico; a cada uno se le asignó un “grupo de trabajo”, según la condición de su cuerpo -1, 2, 3-, y, además, los muy débiles eran asignados al D1 y D2, -la D era por “distrofia”, que no era otra cosa que desnutrición‐. Después de unos días, nos enteramos que todos los que pertenecían al grupo D1 y D2 deberían recibir alimentación adicional. Yo pertenecía al grupo 2. Como yo tenía las listas, cambié mi grupo de trabajo a D2. Al día siguiente, tenía que entregar las listas al Estado Mayor ruso y, después de unos días, recibí, como D2, alimentación adicional para desnutridos.

Poco tiempo después comencé con dolor de garganta –una doctora rusa diagnosticó una infección purulenta en esa zona. Me quedé en la barraca y solamente mantenía mi garganta calientita. Al tercer día ya estaba todo tan inflamado, que ya casi no podía respirar. Entonces me revisó un médico alemán y diagnosticó ‘difteria’. Inmediatamente me llevaron a un cuarto aislado en la barraca de enfermos. Cada vez me ponía peor; ya no podía dormir, porque siempre tenía miedo de asfixiarme. En realidad ya me daban por muerto y, así, ya medio desmayado, tuve que escuchar cómo los enfermeros se repartían mis pocas pertenencias. Durante estos días de enfermedad estuve tan intensamente con mis pensamientos en mi casa, pensando en mi esposa, hija, hermanos –los cuales nunca iban a saber nada de mí si ahora me daba por vencido‐, que tenía que vivir, y así viví y sané, solamente que había adelgazado mucho y no me iba a poder recuperar en los próximos dos años y medio. Cuando me tomaron prisionero debí pesar como 76 kg, ahora pesaba tal vez 66 kg. Pero todavía bajaría más.

Como en todos los campos, también en éste nos robaban varias veces a la semana nuestras pocas y últimas pertenencias –no nos dejaban ni una segunda muda de ropa, ni siquiera un espejo o un cepillo de dientes. Un peine de todos modos no nos hacía falta, ya que desde hacía meses nos habían rapado con máquina –nunca se me va a olvidar el aspecto tan denigrante que presentábamos cuando por vez primera nos raparon totalmente. Nos veíamos horribles; puras cabezas como para un álbum de delincuentes.

Y así pasamos la primera Navidad en prisión –fue triste y nuestros pensamientos estaban con nuestros seres queridos en casa. Entre Navidad y Año Nuevo, de repente, otra vez nos llevaron a la estación del tren, nos subieron a los vagones y nuevamente íbamos hacia el oriente. Un día pudimos leer a través de una ventanita con reja: ‘Leningrado’. Pero seguimos adelante, al noreste, y comenzó a hacer mucho frío en el vagón. Nos descargaron en Tscherepovee, en el circuito de logda –en Siberia occidental.

Todo ese lugar era una región de destierro y casi todos los habitantes eran desterrados. Tscherepovee era una pequeña ciudad con casas de madera ‐el campo estaba fuera de la ciudad en una planicie completamente desolada, la cual está cubierta por la nieve durante ocho meses. 

Era un campo de prisioneros para oficiales –habían reunido allí unos 5.000. Nos alojaron en una vieja caballeriza en literas de madera de dos pisos, sin posibilidad de calefacción, sin alumbrado, sin costales con paja, sin cobijas. Sin embargo, ahora sí teníamos un abrigo. La temperatura más baja que tuvimos en ese invierno fue de ‐56° C.

Nuestra actividad consistía en caminar todos los días 15 km hasta un bosque bastante alejado, para traer madera. Siempre ocho hombres jalaban un trineo grande. En el bosque estos tenían que ser cargados con 2 m3 de madera y después otra vez de regreso al campo ‐así que teníamos que caminar todos los días 30 km jalando el trineo, lo que era bastante difícil en la primavera cuando comenzaba el deshielo.

En las mañanas nos daban café y 200 gramos de pan, al medio día medio litro de sopa y 200 gramos de pan y en las noches 200 gramos de una especie de papilla o potaje y 200 gramos de pan. 

En nuestro campo de cinco mil hombres, a diario morían un promedio de 20 – 25 de ellos. Teníamos nuestro propio “Comando de entierros” de 15 hombres, que no hacía otra cosa que cavar fosas grandes, en las cuales aventaban a los muertos sin ropa en todas direcciones –después volvían a cubrir las fosas con la tierra. Tampoco los parientes de estos prisioneros de guerra iban a saber el destino de éstos –a menos que algún compañero les informara lo sucedido. 

También fue aquí donde me permitieron escribir a casa mi primera tarjeta de la Cruz Roja. Pero como Checoslovaquia no aceptaba correspondencia de prisioneros de guerra, tuve que escribirle a parientes en Alemania, con la súplica de que avisaran a mi familia.

En este campo todavía se hicieron notar las consecuencias de la difteria; mi lengua y mis piernas por momentos los sentía adormecidos.

En primavera me llevaron con un comando a trabajar en un “koljós” (una especie de comuna). Era un trabajo difícil y pesado. El verano es muy corto, por lo que todo se tiene que sembrar, cultivar y cosechar lo más rápido posible; teníamos que quedarnos en el campo hasta la puesta del sol, que era a las 11 de la noche. Llegábamos a nuestro alojamiento a la 11 ½, nos daban nuestra sopa del medio día y de la noche y a pesar de que teníamos muchísima hambre, a veces estábamos demasiado cansados para terminar de comer, así que nos dormíamos por el agotamiento. A las dos de la mañana nos volvían a despertar, porque a esa hora volvía a amanecer y a las 2 ½ nos llevaban otra vez al campo, después de haber recibido nuestra sopa de la mañana –así que recibíamos nuestras tres comidas en el transcurso de tres horas. En el tiempo de cosecha mejoraba un poco la situación, aunque la alimentación era igual de mala; a veces podíamos comer una zanahoria o una remolacha en el campo. Cuando comenzó el otoño y el trabajo en el koljós se puso muy desagradable, me asignaron el puesto de “encargado de la ropa” dentro de nuestro comando –yo tenía que cambiar la ropa rota.

En noviembre de 1946 se nos informó que todos los antiguos checos serían mandados a casa. Efectivamente poco tiempo después a unos 60 – 70 hombres nos dieron ropa usada de civiles, y sin gran vigilancia nos llevaron a la estación del tren. Solamente nos acompañaban un oficial ruso y un soldado. Salimos en el tren directo hacia Moscú. Allí nos quedamos cuatro días y pudimos ver la ciudad: el Kremlin, la Plaza Roja, el Mausoleo de Lenin, el famoso tren subterráneo, etc. Después volvimos a subirnos a un tren directo esta vez hacia Odessa, porque allá se suponía que nos iban a dar nuestros papeles en los que constaba que éramos libres. Llegamos a un campo y nos prometieron que dentro de “algunos” días podríamos seguir adelante. Desgraciadamente éstos se convirtieron en “algunos” años. Nos quitaron nuestra ropa de civiles y nos volvieron a dar los viejos y gastados trajes de prisioneros. 

Estábamos alojados en un campo muy grande en el puerto de Odessa, con más o menos 500 prisioneros en un viejo hangar de maquinaria. Fue la primera vez que nos dieron sacos con paja. El año anterior había sido un martirio terrible, porque ya estábamos en los puros huesos y teníamos que dormir sobre los tablones de las literas sin ninguna protección.

Nos llevaban –bajo estricta vigilancia‐ en grupos más o menos grandes a trabajar a diferentes construcciones. En el puerto habían anclados con cierta frecuencia barcos americanos y junto a la casa en la que yo estaba trabajando a veces pasaban sus marineros. Un día quería intentar mandarle a mi esposa una carta a México. En la noche estaba sentado en mi catre y escribí unas líneas, hice un sobre y metí la carta a mi bolsa del pantalón. Al día siguiente, antes de la salida, dijeron mi nombre y tuve que presentarme ante el oficial ruso de la NKVD. Tuve que vaciar mis bolsillos y así salió a la luz la carta. Pero como solamente contenía unos saludos a mi esposa y parientes, no tuvo mayores consecuencias. Lo que es notable, es cómo entre los camaradas siempre volvía a haber gente que por una rebanada de pan prestaban sus servicios como espías a los rusos.

La alimentación en ese tiempo era muy mala, recibíamos solamente dos veces al día una sopa aguada y 400 gramos de pan. En realidad no es correcto decir pan a lo que nos daban, ya que era una pasta de maíz toda pegajosa.

El trabajo era muy pesado y en la construcción teníamos que estar constantemente en movimiento. Apenas y quería uno descansar dos minutos y ya venía uno de los capataces rusos con las palabras que ya conocíamos: Potschemu stojisch (¿Por qué estás parado?).

¡En Navidad trabajamos igual que cualquier otro domingo! En el calendario ruso las fiestas navideñas eran dos semanas después que las nuestras, igual que Año Nuevo, etc. También ese año murieron muchos por desnutrición.

En mayo de 1946, un día llegó la consigna de que todos los que habían sido oficiales tenían que salir de Odessa y, efectivamente, reunieron a muchos y nos subieron a un transporte grande. Nos cargaron de noche ‐en Rusia toda la carga se hacía durante la noche‐. Otra vez teníamos que atravesar el país y tratamos de mantenernos con vida comiendo unas cucharadas de una como papilla y 200 gramos de pan al día. 

Lo más terrible fue que no nos daban nada de beber y la gente comenzó a volverse casi loca por la sed. Muchos juntaban su orina en un traste, la dejaban enfriar y después se la tomaban. Nunca se me va a olvidar un cuadro: después de 10 días, de repente un guardia y una doctora rusa abrieron la puerta del vagón un pedacito (a la doctora no la habíamos visto hasta ese día) y un muchacho joven -tal vez tenía unos 20 años- estaba parado junto a la puerta y, como estaba casi muerto de sed, cuando vio un charco directamente junto a la puerta del vagón, se lanzó hacia afuera y se abalanzó con la cara sobre el agua sucia y comenzó a beber ávidamente. La doctora se hizo la sorprendida y quería saber por qué tenía tanta sed ese hombre. Nosotros le dijimos que hacía 10 días que no habíamos recibido nada de beber –a lo que ella nada más levantó los hombros y dijo: Nitschewo (No importa). Sin embargo, al día siguiente por lo menos recibimos una cubeta de agua para los 60 que éramos. 

En alguna parte durante el camino dividieron nuestro transporte y a nosotros nos descargaron en Poltava. La marcha de la estación hasta el campo de prisioneros –que eran 5 km– fue terrible, ya que la mayoría estaban demasiado débiles para caminar. En Poltava permanecí de mayo del 46 a enero del 47. 

Desgraciadamente en este campo fuimos tratados peor por nuestros “compañeros prisioneros”, los que tenían algo que decir, como los del comité Antifa y el comandante del campo y sus amigos, que por los mismos rusos. Sobre todo a los oficiales los insultaban de la peor manera desde el primer día, y, cada vez que se presentaba una oportunidad, los denunciaban a los rusos. La alimentación era muy mala y el hambre se les veía a todos en el rostro –con excepción del comandante del campo y los miembros de la Antifa, que estaban cada vez más gordos.

Un día juntaron a todos los oficiales en una brigada (así llamaban a los grupos de trabajo) y éstos me eligieron como brigadier (encargado de organizar el trabajo y ser portavoz). Como tal no tenía yo que trabajar directamente. En las mañanas el ingeniero ruso me asignaba el trabajo en la construcción, y de acuerdo a eso lo repartía a cada quien. Yo era responsable de esas labores y también de que cada quien cumpliera con su norma (o sea por lo menos el 100 % de su función). Muchas veces maldije el momento en que me hicieron brigadier, porque es mucho más fácil trabajar uno mismo que ser responsable del trabajo de 50 – 60 hombres y más aún siendo éstos oficiales. 

Todas las noches tenía que recoger del ruso encargado de nuestra obra una “správka”, que era una constancia de trabajo que tenía que llenar; tenía que apuntar con detalles todo lo que cada uno hacía durante el día. El chiste estaba en añadirle lo más posible. Sin embargo, también tenía que tener mucho cuidado, ya que todo era revisado. Un ejemplo práctico; dos ayudantes del albañil hacían los siguientes trabajos: 5 toneladas de piedra –cargadas 30 m, 1 m3 de arena – llevado 20 m, 6 sacos de cemento de 50 kg cada uno cargados 50 m, 50 cubetas de agua cargadas 60 m; construcción de una estructura de 20 m2; 3 camiones de arena descargados. Todo esto se apuntaba y cada trabajo logrado se comparaba con el libro de normas, para ver qué porcentaje representaba éste en ocho horas de trabajo. Cada prisionero tenía que cumplir por lo menos con el 100 %, o si no se le quitaban el pan en la comida. Por eso era importante cómo se llevaba el brigadier con el encargado de la obra, para lograr que le dieran el porcentaje más alto a su gente. En algunos campos era así, que con un rendimiento que llegara al 126 %, la persona que lo lograba recibía 100 gramos más de pan.

Desde enero del 46 estuve constantemente junto a otro prisionero de Reichenberg: Gert Pohl y nuestra buena amistad nos ayudó mucho a sobreponernos a estos tiempos tan difíciles.

Nuestro alojamiento desafortunadamente estaba en un edificio viejo en el cuarto piso y subir las escaleras cada vez era una especial tortura, porque nuestras piernas estaban demasiado débiles.

Cuando comenzó a derretirse la nieve, nuestros guardias cada mañana se divertían a costa de nosotros. En el camino al trabajo pasábamos por una calle que en un lugar tenía una hondonada, en donde el agua nieve se juntaba como ½ metro. Los civiles le daban la vuelta, ya que podía uno pasar a un lado sin mojarse los pies. Pero nosotros teníamos que marchar en filas de cinco prisioneros a través del agua; nos mojábamos hasta las rodillas y así teníamos que permanecer, con los pies mojados, a temperaturas de cero grado durante todo el día y aun en la noche no podíamos secar ni los zapatos ni los trapos que cubrían los pies.

En el campo en Poltava nunca teníamos un descanso. En las noches cuando regresábamos cansados del trabajo, casi siempre nos teníamos que formar para que nos contaran o teníamos que ir “voluntariamente” a clases de educación política impartidas por la Antifa. O nos hacían salir con nuestras pocas pertenencias para registrarlas una vez más. Aquí es donde me quitaron mi bonito suéter de cuello de tortuga –le gustó a un soldado ruso y simplemente se lo llevó; que si después iba yo a tener más frío no le importaba nada.

Quiero mencionar dos pequeños acontecimientos, como ejemplo de cómo estaban predispuestos los equipos de vigilancia rusos frente a nosotros. Era verano y hacía muchísimo calor. Estábamos en una obra horrible; teníamos que trabajar todo el día con el sol ardiente picando piedras. Al mediodía teníamos una hora de descanso. A unos 10 metros había un árbol grande, que daba tanta sombra que todos nos hubiéramos podido sentar debajo y descansar, pero los guardias nos lo prohibieron, así que nos tuvimos que quedar en el sol ardiente, mientras que ellos se sentaron en la sombra.

Otra vez teníamos que derribar una vieja construcción. Al derrumbarse una de las bardas, uno de nosotros quedó muy mal herido. ¡No nos dieron permiso de traerle agua! –no lo pudimos acostar en la sombra, sino tuvimos que dejarlo tirado en el sol. Le pedimos a uno de los guardias que llamara al campo para que mandaran a un médico, pero él solamente contestó: “Por mí que también se muera; en las tierras rusas todavía hay mucho lugar para gente como éste”.

Wolfgang Richard Moeller Goodrich

Abril ‐ octubre 1945 - Posen
Octubre ‐ diciembre 1945 - Kotla Järvi
Enero ‐ noviembre 1946 - Tscherepovee
Noviembre 1946 ‐ mayo 1947 - Odessa
Mayo 1947 ‐ enero 1948 - Poltava
Febrero ‐ abril 1948 - Manopol
Abril 1948 ‐ mayo 1949 - Odessa

NOTA:

Luego de ser liberado en mayo de 1949, Wolfgang Moeller viajó a Alemania, donde permaneció cerca de un año viviendo con su media-hermana Edith Moeller. Mientras tanto, desde México, su esposa Leni hizo los trámites para que le permitieran ir a ese país a reunirse con ella y su hija Ingrid, a la cual sólo había visto una vez, en Reichenberg (1944), cuando tenía tres semanas de vida. Finalmente, los tres lograron reunirse en el país norteamericano en 1950.