25 de febrero 1945
Un pequeño bosque directamente
detrás de la frontera en Pommern.
“Compañía en formación”, “Firmes”,
“Vista de frente”, “Vista a la derecha”
“Teniente Coronel Moeller – en nombre de … le otorgo la
Cruz de Hierro Primera Clase por especial valentía.”
“Vista de frente”, “Rompan
filas”.
En los primeros días de marzo de
1945 nos llegó la noticia de que los rusos habían avanzado, con grandes refuerzos, a
nuestras espaldas en la costa oriental. Estábamos atrapados. Discusiones en la
división, en el regimiento, en el batallón y en la compañía. Órdenes del alto
mando: dejar todo e intentar abrirse paso en pequeños grupos hacia el
occidente, llevando solamente el equipo de ataque.
El 3 de marzo comencé mi
marcha. Después de varios encuentros con los rusos, éramos solamente un
pequeño grupo de batalla de cinco soldados y dos oficiales (mi oficial de
Compañía, un teniente de Dresden,
cuyo nombre no recuerdo, y yo). Cuando era posible, marchábamos durante la
noche en la oscuridad, durante el día descansábamos y solamente un guardia
vigilaba.
5 de marzo. Estábamos dormidos en
un hoyo de arena, cuando nos despertó el guardia –una compañía de rusos
recorría el terreno y venía directo hacia nosotros. Se inició un enfrentamiento
de media hora –nosotros teníamos solamente un herido, ya que con sus MG’s y MP’s
no nos podían alcanzar en nuestro refugio. Pero entonces apareció una serie de
tanques (T-34) que recorrían un camino lateral, y a los que pararon los rusos.
Los tanques se dieron la vuelta y comenzaron a avanzar por el campo
dirigiéndose directamente hacia nosotros. Como no teníamos ninguna clase de
armas para defendernos de los tanques, estábamos frente a la decisión si
dejarnos atropellar por los tanques o dejar que nos tomaran prisioneros. Nos decidimos
por lo último.
En el último momento enterré mi gorra de oficial en la arena ‐lo
hice por algún instinto–. Como tenía puesto un traje
blanco de camuflaje sin insignias en los hombros y que estaba cerrado
hasta el cuello -por lo que tampoco se veían los espejos-, no
podían identificarme como oficial. El teniente de Dresden no lo hizo y, cuando
los rusos vinieron y lo identificaron como tal, lo mataron al instante.
Inmediatamente se nos abalanzó
una horda de mongoles para saquearnos ‐lo primero fueron los relojes. Sólo
después de esto tuvimos que entregar armas y municiones –desgraciadamente en
ese momento se me olvidaron por completo mis granadas de mano que tenía en el
morral. Me preguntaron si tenía otras armas y lo negué, así que cuando me las encontraron, ya había sacado otra vez su
pistola uno de esos asiáticos y si no porque intervino un oficial ruso, me
hubiera ejecutado ahí mismo. No obstante, me golpearon de tal manera que me
dejaron tirado casi inconsciente.
En la noche nos llevaron a una
barraca a Schivelbein (Pommern). Allá ya habían reunidos
algunos cientos de prisioneros.
Durante los siguientes días tuvimos que marchar
desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, siempre a lo largo y
detrás del frente ruso; era una especie de marcha de propaganda para las
unidades rusas que llegaban al frente, para que éstas se sintieran motivadas viendo
a los prisioneros. En estos días no hubo nada de comer ni beber de parte de los
rusos –lo que era mucho peor por estas marchas tan prolongadas. Una gran parte
de los prisioneros no aguantó el ritmo de éstas. Al final de la columna de
prisioneros venía un llamado “comando de ejecuciones”. Todo aquel que ya no
podía seguir adelante, no importando las razones, que podían ser muchas:
hambre, sed, agotamiento, pies lastimados, etc., cuando se quedaba unos metros atrás
de la columna, era empujado a la cuneta y ejecutado. En la noche nos
amontonaban en algún granero o caballeriza; siempre estábamos tan apretados,
que cuando mejor nos iba, nos podíamos sentar, pero no nos podíamos acostar. No
teníamos ni cobijas ni abrigos. Era una ventaja marchar lo más adelante posible
en la columna, ya que así por lo menos podía uno tomar agua de los charcos y,
además, no era testigo de las ejecuciones que ocurrían atrás. Eran escenas
terribles. Todos sabían que si se quedaban atrás, serían ejecutados. Y por eso
todos se arrastraban con sus últimas fuerzas, hasta que algunos finalmente ya
no podían.
En Arnswalde, en un campo de prisioneros, nos dieron de comer por
primera vez una sopa y 200 gramos de pan. Allí nos quedamos algunos días y
después nos llevaron en un vagón de ganado enrejado a Posen –el transporte al
oriente. No sabíamos a dónde nos llevaban, no sabíamos cuánto iba a durar
nuestra miseria –habíamos dejado de ser seres humanos.
En Posen estuve de abril a octubre de 1945.
El alojamiento fue en un campo de
prisioneros en barracas llenas de chinches, en literas de tres pisos de tablones
de madera; cada quien tenía cerca de 30 cm de espacio –de ninguna manera
podíamos acostarnos de espaldas. En todo ese tiempo no teníamos ni cobijas ni
abrigos ni sacos con paja, así que debíamos dormir directamente sobre la
tierra o sobre los tablones de madera. Todos los días teníamos que formarnos
durante una o dos horas para que nos pudieran contar –esto en todos los climas,
también durante la lluvia. La alimentación consistía en ½ litro de sopa aguada
(por ejemplo, agua con pocas cáscaras de papa) y 500 gramos de pan; esto tres
veces al día.
No teníamos idea de los
acontecimientos que sucedían en el resto del mundo. Como no sabía que estaban
evacuando Reichenberg, o por lo
menos no tenía idea de la extensión de estos sucesos, quería regresar a esa
ciudad; por eso pertenecía a la llamada 'Compañía Checa'. Una buena parte de los prisioneros
que la integraban fueron liberados durante el verano ‐hacia Checoslovaquia– pero no los oficiales.
En mayo interrogaron a todos los prisioneros de este campo y conmigo se dieron
cuenta, entre otras cosas, que vivía fuera de Alemania. Como consecuencia de eso, al día siguiente me pasaron a otro
campo de prisioneros.
Una vez dentro, me recluyeron otra vez en un lugar detrás
de alambres de púas, adonde estaban todas las “personalidades sospechosas”. Ahí
estábamos todos muy amontonados y casi no nos podíamos ni mover. Pero lo peor
eran las torturas psíquicas, el estar encerrados de esa manera totalmente sin
razón ‐ni siquiera podíamos ir por nuestra comida, sino que nos la tenían que
traer. A cada rato venían por personas que iban a interrogar, casi siempre
durante la noche. Algunos desaparecían inmediatamente después y otros regresaban
todos golpeados. A mí no me interrogaron y permanecí en ese “campo especial”
hasta octubre.
Epidemias, sobre todo disentería,
estaban a la orden del día y muchos murieron. Oficialmente no registraban a los
muertos en ninguna forma, así que los parientes nunca podrían ser notificados. A
la cabeza de cada uno de los campos había siempre un comandante alemán. Éste en
Posen era peor que el peor de los rusos; siempre se le veía con un palo en la
mano y con él constantemente golpeaba a los prisioneros. Igual de terribles
eran los miembros del llamado “Comité Antifascista”, que abreviaban 'Antifa'. Ellos
ejercían una increíble presión sobre los prisioneros, y trataban de mejorar su
situación frente a los rusos imponiendo un régimen especialmente estricto. Y
los rusos claro que sabían mantener a estas creaturas y les daban más y más
fuerza, de manera que en los campos se convirtieron en órganos de terror –ante
los cuales ningún prisionero estaba a salvo. Una de sus frases favoritas era:
“volteen todos sus sacos” y de esta manera reconocían a los oficiales y a estos
les iba especialmente mal.
A principios de octubre los
prisioneros tuvieron que formarse una vez más y un oficial ruso se dirigió a
nosotros. Nos dijo entre otras cosas: “Yo les doy mi palabra, como general
ruso, que ya ningún prisionero de guerra será llevado al oriente”. ¡Dos semanas
después nos metieron a todos amontonados de 50 en 50 a vagones de ganado y así
salió un transporte tras otro al oriente! Y de eso nos dimos cuenta una y otra
vez en el transcurso de los siguientes años: no existe ningún ruso que diga la
verdad –tampoco Stalin.
En este transporte estuvimos en
camino durante dos semanas y quien haya ido en un transporte de prisioneros en
Rusia, nunca lo va a olvidar. Durante el camino nos daban de comer una vez al
día una sopa y 200 gramos de pan seco. Generalmente la sed era peor que el hambre.
Dos veces al día revisaban los vagones para asegurarse de que nadie fuera a
tratar de escapar.
Pasamos por Lituania. Con otro oficial, el cual estaba acostado junto a mí en
el piso del vagón, habíamos quitado todos los clavos de dos tablas debajo de
nosotros; esto lo logramos con ayuda de un limpiador de uñas y un clavo y nos queríamos
dejar caer a las vías cuando el tren estuviera saliendo de la estación en la
noche. Desafortunadamente, los demás se dieron cuenta de nuestras intenciones y nos
impidieron hacerlo, por miedo a represalias de parte de los rusos. Durante el
camino murieron muchos por la disentería –a éstos los dejaban tirados dentro de
los vagones por días enteros; de vez en cuando abrían un poco la puerta y
permitían que los muertos fueran empujados hacia afuera, en donde rodaban por
el declive junto a las vías y ahí se quedaban tirados. ¿Quién le iba a avisar a
las esposas y a las madres?
Después de dos semanas nos
descargaron en Kohtla Järve en Estonia. El campo en ese lugar no
estaba preparado para nuestra llegada y primero no querían recibirnos. Pero
finalmente nos acomodaron provisionalmente y ahí nos quedamos los siguientes
dos meses. Por mis conocimientos de ruso me hicieron traductor en el campo y no
tenía yo que salir a trabajar; todos los demás se iban a una cantera. Era otoño
-noviembre, diciembre- y hacía mucho frío. Otra vez los miembros de la Antifa
resultaron ser de lo peor –¡todos eran sajones!
Yo llevaba las listas del campo y
un día todos los prisioneros fueron revisados por un médico; a cada uno se le
asignó un “grupo de trabajo”, según la condición de su cuerpo -1, 2, 3-, y,
además, los muy débiles eran asignados al D1 y D2, -la D era por “distrofia”, que
no era otra cosa que desnutrición‐. Después de unos días, nos enteramos que
todos los que pertenecían al grupo D1 y D2 deberían recibir alimentación
adicional. Yo pertenecía al grupo 2. Como yo tenía las listas, cambié mi grupo de
trabajo a D2. Al día siguiente, tenía que entregar las listas al Estado Mayor
ruso y, después de unos días, recibí, como D2, alimentación adicional para
desnutridos.
Poco tiempo después comencé con
dolor de garganta –una doctora rusa diagnosticó una infección purulenta en esa
zona. Me quedé en la barraca y solamente mantenía mi garganta calientita. Al
tercer día ya estaba todo tan inflamado, que ya casi no podía respirar.
Entonces me revisó un médico alemán y diagnosticó ‘difteria’. Inmediatamente me
llevaron a un cuarto aislado en la barraca de enfermos. Cada vez me ponía peor; ya no podía dormir, porque siempre tenía miedo de asfixiarme. En realidad ya me
daban por muerto y, así, ya medio desmayado, tuve que escuchar cómo los
enfermeros se repartían mis pocas pertenencias. Durante estos días de enfermedad estuve tan intensamente con mis pensamientos en mi casa, pensando en
mi esposa, hija, hermanos –los cuales nunca iban a saber nada de mí si ahora me
daba por vencido‐, que tenía que vivir, y así viví y sané, solamente que
había adelgazado mucho y no me iba a poder recuperar en los próximos dos años y
medio. Cuando me tomaron prisionero debí pesar como 76 kg, ahora pesaba tal vez
66 kg. Pero todavía bajaría más.
Como en todos los campos, también
en éste nos robaban varias veces a la semana nuestras pocas y últimas
pertenencias –no nos dejaban ni una segunda muda de ropa, ni siquiera un espejo
o un cepillo de dientes. Un peine de todos modos no nos hacía falta, ya que
desde hacía meses nos habían rapado con máquina –nunca se me va a olvidar el
aspecto tan denigrante que presentábamos cuando por vez primera nos raparon totalmente.
Nos veíamos horribles; puras cabezas como para un álbum de delincuentes.
Y así pasamos la primera Navidad
en prisión –fue triste y nuestros pensamientos estaban con nuestros seres
queridos en casa. Entre Navidad y Año Nuevo, de repente, otra vez nos llevaron
a la estación del tren, nos subieron a los vagones y nuevamente íbamos hacia el
oriente. Un día pudimos leer a través de una ventanita con reja: ‘Leningrado’.
Pero seguimos adelante, al noreste, y comenzó a hacer mucho frío en el vagón. Nos
descargaron en Tscherepovee, en el
circuito de Vólogda –en Siberia occidental.
Todo ese lugar era una región de
destierro y casi todos los habitantes eran desterrados. Tscherepovee era una pequeña ciudad con casas de madera ‐el campo
estaba fuera de la ciudad en una planicie completamente desolada, la cual está
cubierta por la nieve durante ocho meses.
Era un campo de prisioneros para
oficiales –habían reunido allí unos 5.000. Nos alojaron en una vieja
caballeriza en literas de madera de dos pisos, sin posibilidad de calefacción,
sin alumbrado, sin costales con paja, sin cobijas. Sin embargo, ahora sí
teníamos un abrigo. La temperatura más baja que tuvimos en ese invierno fue de ‐56°
C.
Nuestra actividad consistía en caminar todos los días 15 km hasta un bosque bastante
alejado, para traer madera. Siempre ocho hombres jalaban un trineo grande. En
el bosque estos tenían que ser cargados con 2 m3 de madera y después otra vez
de regreso al campo ‐así que teníamos que caminar todos los días 30 km jalando
el trineo, lo que era bastante difícil en la primavera cuando comenzaba el
deshielo.
En las mañanas nos daban café y 200 gramos de pan, al medio día medio
litro de sopa y 200 gramos de pan y en las noches 200 gramos de una especie de
papilla o potaje y 200 gramos de pan.
En nuestro campo de cinco mil hombres, a diario
morían un promedio de 20 – 25 de ellos. Teníamos nuestro propio “Comando de
entierros” de 15 hombres, que no hacía otra cosa que cavar fosas grandes, en las
cuales aventaban a los muertos sin ropa en todas direcciones –después volvían a
cubrir las fosas con la tierra. Tampoco los parientes de estos prisioneros de
guerra iban a saber el destino de éstos –a menos que algún compañero les
informara lo sucedido.
También fue aquí donde me permitieron escribir a casa mi
primera tarjeta de la Cruz Roja.
Pero como Checoslovaquia no aceptaba
correspondencia de prisioneros de guerra, tuve que escribirle a parientes en Alemania, con la súplica de que avisaran a
mi familia.
En este campo todavía se hicieron notar las consecuencias de la
difteria; mi lengua y mis piernas por momentos los sentía adormecidos.
En primavera me llevaron con un
comando a trabajar en un “koljós” (una especie de comuna). Era un trabajo
difícil y pesado. El verano es muy corto, por lo que todo se tiene que sembrar,
cultivar y cosechar lo más rápido posible; teníamos que quedarnos en el campo
hasta la puesta del sol, que era a las 11 de la noche. Llegábamos a nuestro
alojamiento a la 11 ½, nos daban nuestra sopa del medio día y de la noche y a
pesar de que teníamos muchísima hambre, a veces estábamos demasiado cansados
para terminar de comer, así que nos dormíamos por el agotamiento. A las dos de
la mañana nos volvían a despertar, porque a esa hora volvía a amanecer y a las
2 ½ nos llevaban otra vez al campo, después de haber recibido nuestra sopa de
la mañana –así que recibíamos nuestras tres comidas en el transcurso de tres
horas. En el tiempo de cosecha mejoraba un poco la situación, aunque la
alimentación era igual de mala; a veces podíamos comer una zanahoria o una
remolacha en el campo. Cuando comenzó el otoño y el trabajo en el koljós se puso muy desagradable, me
asignaron el puesto de “encargado de la ropa” dentro de nuestro comando –yo
tenía que cambiar la ropa rota.
En noviembre de 1946 se nos
informó que todos los antiguos checos serían mandados a casa. Efectivamente
poco tiempo después a unos 60 – 70 hombres nos dieron ropa usada de civiles, y
sin gran vigilancia nos llevaron a la estación del tren. Solamente nos
acompañaban un oficial ruso y un soldado. Salimos en el tren directo hacia Moscú. Allí nos quedamos cuatro días y
pudimos ver la ciudad: el Kremlin,
la Plaza Roja, el Mausoleo de Lenin, el famoso tren subterráneo, etc.
Después volvimos a subirnos a un tren directo esta vez hacia Odessa, porque allá se suponía que nos
iban a dar nuestros papeles en los que constaba que éramos libres. Llegamos a
un campo y nos prometieron que dentro de “algunos” días podríamos seguir
adelante. Desgraciadamente éstos se convirtieron en “algunos” años. Nos quitaron
nuestra ropa de civiles y nos volvieron a dar los viejos y gastados trajes de
prisioneros.
Estábamos alojados en un campo muy grande en el puerto de Odessa, con más o menos 500 prisioneros
en un viejo hangar de maquinaria. Fue la primera vez que nos dieron sacos con
paja. El año anterior había sido un martirio terrible, porque ya estábamos en los
puros huesos y teníamos que dormir sobre los tablones de las literas sin
ninguna protección.
Nos llevaban –bajo estricta
vigilancia‐ en grupos más o menos grandes a trabajar a diferentes
construcciones. En el puerto habían anclados con cierta frecuencia barcos
americanos y junto a la casa en la que yo estaba trabajando a veces pasaban sus
marineros. Un día quería intentar mandarle a mi esposa una carta a México. En la noche estaba sentado en
mi catre y escribí unas líneas, hice un sobre y metí la carta a mi bolsa del
pantalón. Al día siguiente, antes de la salida, dijeron mi nombre y tuve que
presentarme ante el oficial ruso de la NKVD.
Tuve que vaciar mis bolsillos y así salió a la luz la carta. Pero como
solamente contenía unos saludos a mi esposa y parientes, no tuvo mayores
consecuencias. Lo que es notable, es cómo entre los camaradas siempre volvía a
haber gente que por una rebanada de pan prestaban sus servicios como espías a
los rusos.
La alimentación en ese tiempo era
muy mala, recibíamos solamente dos veces al día una sopa aguada y 400 gramos de
pan. En realidad no es correcto decir pan a lo que nos daban, ya que era una
pasta de maíz toda pegajosa.
El trabajo era muy pesado y en la
construcción teníamos que estar constantemente en movimiento. Apenas y quería
uno descansar dos minutos y ya venía uno de los capataces rusos con las
palabras que ya conocíamos: Potschemu
stojisch (¿Por qué estás parado?).
¡En Navidad trabajamos igual que
cualquier otro domingo! En el calendario ruso las fiestas navideñas eran
dos semanas después que las nuestras, igual que Año Nuevo, etc. También ese año
murieron muchos por desnutrición.
En mayo de 1946, un día llegó la
consigna de que todos los que habían sido oficiales tenían que salir de Odessa y, efectivamente, reunieron a
muchos y nos subieron a un transporte grande. Nos cargaron de noche ‐en Rusia toda la carga se hacía durante la
noche‐. Otra vez teníamos que atravesar el país y tratamos de mantenernos con vida comiendo unas cucharadas de una como papilla
y 200 gramos de pan al día.
Lo más terrible fue que no nos daban nada de beber
y la gente comenzó a volverse casi loca por la sed. Muchos juntaban su orina en
un traste, la dejaban enfriar y después se la tomaban. Nunca se me va a olvidar
un cuadro: después de 10 días, de repente un guardia y una doctora rusa
abrieron la puerta del vagón un pedacito (a la doctora no la habíamos visto
hasta ese día) y un muchacho joven -tal vez tenía unos 20 años- estaba parado
junto a la puerta y, como estaba casi muerto de sed, cuando vio un charco
directamente junto a la puerta del vagón, se lanzó hacia afuera y se abalanzó
con la cara sobre el agua sucia y comenzó a beber ávidamente.
La doctora se hizo la sorprendida y quería saber por qué tenía tanta sed ese
hombre. Nosotros le dijimos que hacía 10 días que no habíamos recibido nada de
beber –a lo que ella nada más levantó los hombros y dijo: Nitschewo (No importa). Sin embargo, al día siguiente por lo menos
recibimos una cubeta de agua para los 60 que éramos.
En alguna parte durante el
camino dividieron nuestro transporte y a nosotros nos descargaron en Poltava. La marcha de la estación hasta
el campo de prisioneros –que eran 5 km– fue terrible, ya que la mayoría estaban
demasiado débiles para caminar. En Poltava
permanecí de mayo del 46 a enero del 47.
Desgraciadamente en este campo fuimos
tratados peor por nuestros “compañeros prisioneros”, los que tenían algo que
decir, como los del comité Antifa y el comandante del campo y sus amigos, que
por los mismos rusos. Sobre todo a los oficiales los insultaban de la peor
manera desde el primer día, y, cada vez que se presentaba una oportunidad, los
denunciaban a los rusos. La alimentación era muy mala y el hambre se les veía a
todos en el rostro –con excepción del comandante del campo y los miembros de la
Antifa, que estaban cada vez más gordos.
Un día juntaron a todos los
oficiales en una brigada (así llamaban a los grupos de trabajo) y éstos me
eligieron como brigadier (encargado de organizar el trabajo y ser portavoz).
Como tal no tenía yo que trabajar directamente. En las mañanas el ingeniero
ruso me asignaba el trabajo en la construcción, y de acuerdo a eso lo repartía
a cada quien. Yo era responsable de esas labores y también
de que cada quien cumpliera con su norma (o sea por lo menos el 100 % de su función). Muchas veces maldije el momento en que me hicieron brigadier, porque
es mucho más fácil trabajar uno mismo que ser responsable del trabajo de 50 –
60 hombres y más aún siendo éstos oficiales.
Todas las noches tenía que recoger
del ruso encargado de nuestra obra una “správka”, que era una constancia de
trabajo que tenía que llenar; tenía que apuntar con detalles todo lo que cada uno hacía durante
el día. El chiste estaba en añadirle lo más posible. Sin embargo, también tenía
que tener mucho cuidado, ya que todo era revisado. Un ejemplo práctico; dos
ayudantes del albañil hacían los siguientes trabajos: 5 toneladas de piedra
–cargadas 30 m, 1 m3 de arena – llevado 20 m, 6 sacos de cemento de 50 kg cada
uno cargados 50 m, 50 cubetas de agua cargadas 60 m; construcción de una
estructura de 20 m2; 3 camiones de arena descargados. Todo esto se apuntaba y cada
trabajo logrado se comparaba con el libro de normas, para ver qué porcentaje
representaba éste en ocho horas de trabajo. Cada prisionero tenía que
cumplir por lo menos con el 100 %, o si no se le quitaban el pan en la comida. Por eso
era importante cómo se llevaba el brigadier con el encargado de la obra, para
lograr que le dieran el porcentaje más alto a su gente. En algunos campos era
así, que con un rendimiento que llegara al 126 %, la persona que lo lograba
recibía 100 gramos más de pan.
Desde enero del 46 estuve
constantemente junto a otro prisionero de Reichenberg:
Gert Pohl y nuestra buena amistad nos ayudó mucho a sobreponernos a estos
tiempos tan difíciles.
Nuestro alojamiento
desafortunadamente estaba en un edificio viejo en el cuarto piso y subir las
escaleras cada vez era una especial tortura, porque nuestras piernas estaban
demasiado débiles.
Cuando comenzó a derretirse la
nieve, nuestros guardias cada mañana se divertían a costa de nosotros. En el
camino al trabajo pasábamos por una calle que en un lugar tenía una hondonada,
en donde el agua nieve se juntaba como ½ metro. Los civiles le daban la vuelta, ya
que podía uno pasar a un lado sin mojarse los pies. Pero nosotros teníamos que
marchar en filas de cinco prisioneros a través del agua; nos mojábamos
hasta las rodillas y así teníamos que permanecer, con los pies mojados, a
temperaturas de cero grado durante todo el día y aun en la noche no podíamos
secar ni los zapatos ni los trapos que cubrían los pies.
En el campo en Poltava nunca teníamos un descanso. En
las noches cuando regresábamos cansados del trabajo, casi siempre nos teníamos que
formar para que nos contaran o teníamos que ir “voluntariamente” a clases de
educación política impartidas por la Antifa. O nos hacían salir con nuestras
pocas pertenencias para registrarlas una vez más. Aquí es donde me quitaron mi
bonito suéter de cuello de tortuga –le gustó a un soldado ruso y simplemente
se lo llevó; que si después iba yo a tener más frío no le importaba nada.
Quiero mencionar dos pequeños
acontecimientos, como ejemplo de cómo estaban predispuestos los equipos de
vigilancia rusos frente a nosotros. Era verano y hacía muchísimo calor.
Estábamos en una obra horrible; teníamos que trabajar todo el día con el sol
ardiente picando piedras. Al mediodía teníamos una hora de descanso. A unos 10
metros había un árbol grande, que daba tanta sombra que todos nos hubiéramos podido
sentar debajo y descansar, pero los guardias nos lo prohibieron, así que nos
tuvimos que quedar en el sol ardiente, mientras que ellos se sentaron en la
sombra.
Otra vez teníamos que derribar
una vieja construcción. Al derrumbarse una de las bardas, uno de nosotros quedó
muy mal herido. ¡No nos dieron permiso de traerle agua! –no lo pudimos acostar
en la sombra, sino tuvimos que dejarlo tirado en el sol. Le pedimos a uno de
los guardias que llamara al campo para que mandaran a un médico, pero él solamente
contestó: “Por mí que también se muera; en las tierras rusas todavía hay
mucho lugar para gente como éste”.
Wolfgang Richard Moeller Goodrich
Abril ‐ octubre 1945 - Posen
Octubre ‐ diciembre 1945 - Kotla Järvi
Enero ‐ noviembre 1946 - Tscherepovee
Noviembre 1946 ‐ mayo 1947 - Odessa
Mayo 1947 ‐ enero 1948 - Poltava
Febrero ‐ abril 1948 - Manopol
Abril 1948 ‐ mayo 1949 - Odessa
NOTA:
Luego de ser liberado en mayo de 1949, Wolfgang Moeller viajó a Alemania, donde permaneció cerca de un año viviendo con su media-hermana Edith Moeller. Mientras tanto, desde México, su esposa Leni hizo los trámites para que le permitieran ir a ese país a reunirse con ella y su hija Ingrid, a la cual sólo había visto una vez, en Reichenberg (1944), cuando tenía tres semanas de vida. Finalmente, los tres lograron reunirse en el país norteamericano en 1950.