Era el 1 de septiembre de 1939, cuando temprano, como casi siempre a las siete de la mañana, desperté y recordé mi vigésimo primer cumpleaños. Los primeros rayos solares fluían por la ventana y toda mi vida parecía bañada de sol y felicidad.
Estaba ya medio año casada; mi marido, Fritz, era el médico ginecólogo más famoso y jefe de una gran clínica en mi ciudad natal, y sabía, desde corto tiempo atrás, que estaba esperando a mi primer hijo.
Justo cuando Fritz me daba un beso cariñoso de cumpleaños, sentimos voces alteradas de transeúntes que pasaban por el lugar. De aquel bullicio se destacaba claramente una y otra vez la palabra ¡guerra! ¡Mi Dios, qué podría significar eso!
Rápidamente encendí la radio al lado de mi cama; la pieza me pareció que de pronto se oscurecía: en aquel momento se daba a conocer en las noticias que Alemania acababa de entrar con sus tropas en Polonia; la guerra había comenzado. De que con eso, nuestra vida tan ordenada y normal se iba a salir totalmente de sus cauces habituales, aún no lo sospechábamos.
Y cuando dije apesadumbrada a Fritz: "¡Ahora nuestro hijo nacerá en la guerra!", él opinó brevemente que para entonces ya habría pasado y la paz estaría reinando nuevamente.
REICHENBERG
Nosotros vivíamos en aquel entonces en Reichenberg (ahora Liberec), la cabecera de provincia (Gan) de Sudetia Bohemia, donde hace centurias mi familia y la de Fritz se habían establecido.
Reichenberg quedaba al norte de Bohemia, y yo había tenido que cambiar mi nacionalidad durante mi vida tres veces, ya que era un territorio sumamente conflictivo. Hasta 1918 era territorio del Imperio Austro-Húngaro; con el término de la guerra mundial fue traspasado, a través del Tratado de Versalles, al nuevo estado de Checoslovaquia. En esta primera república checoslovaca vivían en paz cuatro 'razas': checos, alemanes, eslovacos y húngaros.
Reichenberg, en donde transcurrió mi feliz juventud, era totalmente alemana; sólo existían colegios alemanes, diarios alemanes, teatros alemanes, etc. El checo era sólo un idioma forense en los colegios, y no era muy común escucharlo.
Geográficamente, está ubicado en el Iser y las montañas Jeschken, en el fondo de un hermoso valle; los cerros están cubiertos de árboles y abundan los lagos y pequeños bosques.
JUVENTUD Y VIDA FAMILIAR
Mi tiempo libre transcurrió entre excursiones y deportes. Los inviernos eran sumamente fríos y habitualmente debíamos abrirnos paso en la nieve con palas para salir de casa. Esquiar y patinar fueron conocimientos que adquirí junto con caminar. Mi padre, Ernst Moeller, era profesor de educación media y hacía clases de alemán, francés, inglés, latín y griego.
Cuando él desposó a mi madre, éste era viudo con cinco hijos: Erni, Walli, Edith, Frieda, Walter (que murió a los 19 años). Mi madre, Olga Goodrich, llegó a la casa de mi padre como muchacha joven para aprender alemán. Ella era inglesa, de notable belleza y de un hogar muy pudiente. A pesar de la gran diferencia de edad (27 años) se enamoraron, para casarse en 1914. Ese mismo año comenzó la Primera Guerra Mundial, y nació mi único hermano, Wolfgang. Al finalizar en 1918 la guerra, vi por primera vez la luz del mundo.
En Reichenberg, en casa de mis padres, una gran construcción de tres pisos, vivíamos nosotros y mis hermanastros, los cuales aún estaban solteros, Wolfi y yo, llevando una sencilla y acomodada vida.
Los sábados y domingos de verano, se realizaban generalmente paseos a pie, que duraban todo el día, por los hermosos bosques de los alrededores y nadábamos durante horas en algún lago. En invierno, los valles se cubrían de nieve y entonces nos colocábamos los esquíes para deslizarnos a través de ellos.
Nadie que no lo haya vivido personalmente puede entender esa maravillosa sensación, cuando, ya al anochecer, llegábamos al hogar hambrientos y entumecidos de frío, para instalarnos frente a la acogedora estufa a leña, devorando la cena, tomando el té caliente con ron.
Debido a que mi padre, como profesor, tenía dos meses de vacaciones, realizábamos en verano largos viajes a los Alpes austríacos o a las montañas Tatra en Eslovaquia, o, al norte al Báltico, o a París, etc. La mayoría de nuestros viajes eran hacia Inglaterra, hacia la casa de mis abuelos, los cuales poseían una vivienda feudal, con cancha de tenis, laguna y jardines en las cercanías de Londres.
Mi abuelo materno [Alfred Ordway Goodrich], del cual sentíamos siempre una mezcla de respeto con temor, era un hombre muy silencioso, pero activo. En el día viajaba en su limusina negra, una de las primeras de la época, hacia Londres, en donde se encontraba su oficina, desde la cual administraba sus casi 40 grandes almacenes. Además, era director de casi todas las casas para enfermos mentales de Londres, y presidente del Juzgado de Londres. También era director de un gran colegio destinado a niños de alto coeficiente intelectual, pero de escasos recursos. En ese colegio podían estudiar sin costo alguno. De ahí salieron grandes personalidades, incluso algunos ministros.
En la mesa nos atendían algunos de los muchos sirvientes de la casa. Cuando en la noche llegaba el abuelo, teníamos que cambiarnos de ropa antes de asistir a la cena. Mi abuela [Charlotte Woollven] hacía acto de presencia, vestida con un traje largo plateado. Hubiera sido increíble llegar a la mesa un solo minuto después del sonido del gong.
El abuelo ofrecía una oración antes y después de la cena. El domingo asistíamos a la Iglesia, donde el abuelo leía la prédica. Esto lo hacía vestido de sacerdote, con la Biblia en la mano y parado en el púlpito. Todo esto ejercía una gran impresión sobre nosotros, que estábamos acostumbrados a una mayor libertad y menos etiqueta en nuestro hogar.
Nuestro abuelo, con el cual tuvimos escasos contactos en la niñez, ejerció sin embargo gran influencia en nuestras vidas futuras, aun después de su muerte, debido a la sabia distribución de sus bienes en el testamento.
Volviendo a 1918, fecha de mi nacimiento, en aquel tiempo mi futuro marido, Fritz, era ya oficial del Ejército austríaco y tomaba parte en la guerra de trincheras. Luego estudió medicina. Como médico joven conoció a su primera mujer, la cual era separada y tenía un pequeño niño. Desgraciadamente, sólo después de su matrimonio notó que ella no era normal. Tenía un defecto hereditario y cada cierto tiempo perdía la razón, problema que se fue acentuando hasta que tuvo que ser internada definitivamente en un lugar para dementes. Cuando ya llevaba un año separado, en 1939, nos conocimos; tenía yo en aquel entonces 19 años, había terminado mi educación media y estudiaba latín para ingresar a la universidad.
Después de mi bachillerato, mis padres me habían enviado por un año a Inglaterra, interna en el Physical Training College. En el aquel colegio lo que más me impresionó fue la autodisciplina y que a las alumnas inglesas les parecía lo más natural. Durante las pruebas se nos dejaba solas y a ninguna alumna se le hubiera ocurrido copiar, y luego los errores eran corregidos por cada una marcándolos con rojo.
Yo sentía mucha nostalgia por mi querido Reichenberg y familia, por lo cual regresé después de un año a mi hogar.
Mi padre, que en muchos aspectos era tan distinto a mi abuelo, coincidían sin embargo en que ambos eran personas que sin darse a conocer demasiado, trabajaban mucho por obras de beneficencia y eran personas de amplios conocimientos en todo terreno. Mi padre era de gran corazón, pero mal comerciante; siempre trataba de aparentar una rudeza que en su interior no compartía. Recuerdo mucho una anécdota que es típica de su persona y que debo mencionar: Una vez Fritz (mi futuro marido) fue llamado a mi casa cuando aún era un desconocido para mi familia, con el fin de que atendiera a mi hermanastra enferma y él, que iba en auto, solicitó a un transeúnte la dirección del 'profesor Moeller'; éste le contestó: "siga usted detrás de mí", y no quiso subir al auto. Fritz siguió a aquel hombre con mucha dificultad, casi a cuatro kilómetros por hora, hasta que desapareció en un jardín, haciéndole seña de que lo siguiera. Fritz detuvo el coche, se acercó a la puerta de la casa y tocó el timbre; grande fue su sorpresa cuando a través de la puerta asomó nada menos que el misterioso guía, que resultó ser el propio profesor Moeller.
Yo personalmente conocí a Fritz como paciente en su consultorio; estaba yo increíblemente delgada y desde los 16 años habían cesado las menstruaciones hasta ese momento. Mis padres estaban sumamente preocupados y me llevaban de un especialista a otro, en Viena, Berlín, Praga, sin conseguir solución a mi problema. A pesar de que me sentía bastante bien, y siempre ganaba los primeros premios en deportes, los doctores opinaban que a lo mejor no iba a poder tener familia.
Cuando comenzó a ejercer el nuevo ginecólogo en Reichenberg, la gente empezó a hablar mucho de él y me aconsejaron visitarlo. Personalmente, no quería saber nada de doctores, y cada vez que mi madre opinaba que había bajado de peso (39 kg pesaba en ese momento), colgaba en el interior de mi vestido unas pesas, para aparentar un peso mayor, hasta que un día, sorpresivamente, en una farmacia, mi madre hizo que me pesara y he ahí la catástrofe; había bajado cinco kilogramos pues andaba sin mis pesas, y no me quedó más remedio que ir a ver al famoso doctor Demuth. Con esto mi destino fue nuevamente sellado; primero, me sanó del todo, aumenté de peso y volví a tener mis menstruaciones normales. Pero, me hice no solamente su paciente, ya que cada vez con mayor frecuencia nos encontrábamos en la cancha de tenis o en la piscina e íbamos juntos a pequeños paseos.
EL CONFLICTO POR LOS SUDETES
Eso fue en 1938, en agosto, época en la cual Hitler decidió ocupar el territorio del Sudeten; los checos a su vez comenzaron a movilizarse para defenderse. Esto significó que los alemanes del Sudeten debían alistarse en los ejércitos checos para pelear contra tropas de Alemania. Naturalmente que la mayoría se resistió a ello; muchos atravesaron las fronteras hacia Alemania y otros se escondieron en los bosques, en espera de las tropas alemanas.
También Fritz tenía esto último en mente y ante de irse pasó a despedirse de nosotros, entregándome el anillo de compromiso de su madre, en caso de que nunca más nos viéramos. En aquellos momentos, prácticamente ya todos vislumbraban la guerra. Mientras Fritz se despedía de mí -quizás por mucho tiempo o para siempre-, comprendí que nuestros destinos, en los buenos y aún más en los malos tiempos, debían seguir el mismo camino pasara lo que pasara. Por lo tanto, vació sus maletas y convencimos a Fritz para que no se fuera a los bosques, ofreciéndole, en cambio, esconderle en nuestra amplia casa de tres pisos. Esta casa poseía además un gran jardín, se encontraba al borde de la ciudad y a dos minutos de los bosques de las montañas Iser, en donde se podía caminar durante días en la espesura, sin dar con su fin.
Todo fue preparado para que en caso de un allanamiento, Fritz pudiera escapar por una ventana, y de allí a través del jardín, llegar al bosque. Gracias a Dios no hubo necesidad de llegar a eso, a pesar de que una pequeña chispa podía encender la mecha de la guerra y nosotros nos hallábamos prácticamente en el centro del polvorín.
Pasamos diez agradables y hermosos días. Como nuestro jardín estaba dotado de muchas manzanas, Fritz se entretuvo en la elaboración de puré, jugos, mermeladas y compotas de manzana.
Entre tanto, seguíamos con gran suspenso las noticias que entregaba la radio. Los ingleses y franceses, representados por Chamberlain y Daladier respectivamente, se declararon de acuerdo en München con la entrada de las tropas alemanas en la provincia de Sudeten, razón por la cual el territorio fue ocupado sin contratiempos, en varias etapas, en 14 días. Los checos retrocedían diariamente algunos kilómetros, avanzando a su vez los alemanes otro tanto. Para ir aquellos días a la ciudad, debía cruzar diariamente la frontera, que constantemente cambiaba de lugar, de tal modo que algunos días quedábamos en la 'tierra de nadie'.
A las dos semanas, se hallaba prácticamente toda la provincia de Sudeten ocupada por las tropas alemanas, de tal modo que Fritz y muchos otros alemanes pudieron volver a su hogar.
Un día decidimos con Fritz salir de paseo en auto y en nuestro recorrido no nos dimos cuenta de que habíamos llegado a una región ocupada por los checos, y como le habíamos puesto bandera alemana al auto para no tener problemas, de repente nos sorprendió el ruido de disparos que eran hechos hacia nosotros; menos mal que escapamos rápidamente, sin mayores consecuencias.
Hitler, sin embargo, comenzó en aquel entonces uno de sus grandes errores: no conformándose con la ocupación de la provincia (Gau) Sudeten, hizo avanzar sus tropas más allá, ocupando todo el territorio de Bohemia y Morovia.Fritz era en aquel entonces médico jefe de la sección ginecológica y nacimiento del más grande hospital estatal de Reichenberg, además era director de la escuela de matrones. Yo había terminado mi educación media y hecho mi bachillerato en latín; debía ahora continuar mis estudios en la Universidad de Praga, lo que nunca se llevó a cabo, pues decidimos casarnos a la brevedad.
MATRIMONIOS
Mi hermano Wolfgang regresó en aquella época de México, donde trabajaba en el Instituto de Exportación Checoslovaco. Sin embargo, sus vacaciones se iban a transformar en años muy duros para él antes de poder regresar a México. Personalmente fui a esperarlo a la estación; después de saludarlo le dije: "Sabes Wolfi, me he comprometido y luego me casaré", y él me contestó: "Podremos hacer un casamiento doble, ya que en el buque conocí a una mexicana de origen alemán, llamada Leni; se parece mucho a ti. Fue un amor a primera vista y ya estamos comprometidos.
El matrimonio doble no pudo efectuarse, ya que prácticamente llegado Wolfi tuvo que presentarse a las autoridades militares, en donde quedó en servicio activo. Al año siguiente, 1939, estalló la guerra. La madre de Leni y su hermana regresaron a México. Wolfi, aprovechando un breve permiso en octubre de 1939, se casó con Leni. Luego tuvo que irse al frente, quedando Leni durante toda la guerra en Reichenberg.
Nosotros tuvimos más suerte, ya que Fritz no tuvo que presentarse a servicio militar, porque en primer lugar superaba la edad requerida en los primeros llamamientos -en aquel entonces él ya tenía 40 años-, y ya había peleado como oficial en el ejército austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial, y además era mucho más útil como médico en el hospital.
El día 2 de febrero de 1939, nos casamos en la Iglesia Protestante de Reichenberg. Era un día hermoso aunque helado. Después de la ceremonia en la Iglesia se efectuó un almuerzo familiar en la casa de mis padres, tal como se acostumbra en Europa. Fritz ya no tenía padres y de sus familiares asistió solamente su hermana Cristle y su marido Josi Halbig, que era director del Banco; junto a ellos sus hijos Cristle y Dorli. Su único hermano, Mucki, vivía en Viena.
Después de la boda, fuimos algunos días a las montañas de Reichenberg para andar en esquí. Nuestra verdadera luna de miel fue luego en primavera, para lo cual viajamos en auto hacia Austria y Yugoslavia. Y esa fue para siempre nuestra única luna de miel y reales vacaciones que disfrutamos juntos, ya que al poco tiempo, después del 1 de septiembre -aquel que nombré al comenzar mis recuerdos-, estalló la guerra.
LA GUERRA
Casi todos mis compañeros de colegio y demás conocidos de mi generación debieron enrolarse y fueron muy pocos los que regresaron con vida.
Mientras, Fritz tenía cada vez más trabajo en su clínica, ya que cada vez contaba con menos médicos asistentes que debían abandonar su trabajo para ir a luchar al frente. Día y noche Fritz se encontraba ocupado. Su auto ya no lo podía ocupar debido a la escasez de combustible. En general casi todo fue puesto bajo racionamiento. Alimentos había todavía suficientes, aunque no para engordar.
El primer año de guerra transcurrió relativamente tranquilo para nosotros. En ese año nació nuestra primera hija, Yutta (18 de marzo de 1940); nació con mucha dificultad y pesó 2,9 kilogramos; nació con el cuerpo al revés; fue un parto muy difícil.
En aquel tiempo, Alemania vencía en todos los frentes, razón por la cual la guerra no la sufríamos en carne propia. Yutta era una niña maravillosa, pequeña, de grandes ojos azules y hermosos rizos rubios. Éramos muy felices y muy pronto esperamos la llegada de un segundo hijo. Se llamó Ellen y nació el 1 de agosto de 1941; era redonda y gordita. Al tiempo parecían mellizas.
Entonces comenzaron a sentirse las primeras alarmas de bombardeo aéreo, y, al acercarse los aviones enemigos, bajo el ruido estridente de estas alarmas, corríamos al primer refugio antiaéreo. De noche se hacía mucho más desagradable y siempre debíamos disponer de algo para comer en caso de emergencia. A los niños los metíamos en dos sacos de piel y con un maletín corríamos al refugio, hasta que las sirenas comenzaban a sonar nuevamente indicando que los aviones se habían retirado. En esas circunstancias era imposible tener a alguien que ayudara en el hogar, ya que todas las mujeres debían trabajar en las fábricas. Sin embargo, llegó a mi casa una muchacha rusa llamada María, de la zona de Ucrania; había sido enviada fuera de su ciudad de origen debido a que ésta era objeto de cruentas luchas. Junto a ella llegaron muchas más. Ella era muy simpática y pronto llegamos a quererla mucho; permaneció junto a nosotros hasta casi el término de la guerra.
La guerra, mientras, seguía su curso y, fuera de Inglaterra, Francia, Rusia, también Estados Unidos, habían declarado la guerra a Alemania.
Cada vez un mayor número de varones debía abandonar su hogar para dirigirse al frente y solamente los muy ancianos o jóvenes o aquellos que cumplían funciones insustituibles quedaron en su patria.
Dinero había bastante, pero no se podía comprar cosas ni hacer viajes de placer.
Yutta y Ellen se encontraban, a pesar de todo, en buen estado de salud, y cuando Yutta tenía tres años y Ellen un año y nueve meses, nació Fritz (Teddy), el 14 de mayo de 1943. En aquella época nos mudamos a una gran casa al lado del hospital, donde vivía además otro doctor con cuatro niños. La casa contaba con un hermoso jardín, donde los niños disfrutaban tanto en verano como en invierno, época en la cual se entretenían haciendo muñecos de nieve.
Sin embargo, la alarma contra bombardeos se hizo sentir cada vez con más frecuencia, razón por la cual debíamos pasar diariamente varias horas en el refugio que se encontraba en el subterráneo del hospital. Muchas ciudades alemanas ya se hallaban en ruinas a causa de los bombardeos aéreos y cada día llegaban mayor número de refugiados a Reichenberg procedentes de zonas más afectadas.
Recuerdo aún una noche que pasábamos en el refugio antiaéreo, desde el cual se sintió sin interrupción el tronar de las bombas a lo lejos. Muy temprano supimos que durante esas horas Drenden había sido casi totalmente destruida por bombardeos ingleses; miles de habitantes y refugiados de otras zonas que en ese momento se encontraban ahí, murieron entre ruinas de la ciudad. Entre ellos también una familia muy amiga con tres niños. Diariamente llegaban tristes noticias de amigos muertos en el frente de batalla.
Durante la guerra se hizo corriente que familias en mejor situación se hicieran cargo de hijos de viudas de guerra o de huérfanos. Así fue como recibíamos diariamente niños en nuestra casa.
A medida que la guerra avanzaba ya no eran solamente los aviones enemigos los que ponían en peligro nuestra ciudad, sino que las mismas tropas enemigas, especialmente las rusas, se acercaban peligrosamente.
Se hizo un llamado a defender a toda costa la patria; los ancianos y muchachos de 14-15 años debían construir trincheras y barricadas donde se iba a defender la ciudad. Todos los hombres debían quedarse en el lugar mientras que las madres y los niños debían ser evacuados. Como me encontraba embarazada (esperando a mi cuarto hijo, Ully), me negué a abandonar la ciudad sin mi marido.
Mi cuñada Leni acababa de dar a luz a su primera hija, Ingrid, y con un transporte especial fue enviada hacia el oeste. En su huida sufrió lo increíble; a medida que avanzaba de ciudad en ciudad, era dejada al aire libre junto a una gran cantidad de otros refugiados. En esos sitios muchas veces debía soportar violentos bombardeos aéreos, que causaban enormes estragos, y luego no se encontraba nada para comer; gracias a Dios ella poseía suficiente leche materna, de tal modo que no sólo amamantaba a su hija Ingrid, sino que además a otros lactantes cuyas madres no tenían su suerte. Después de muchos días de vagabundear por las carreteras, en las cuales por lo demás no fue mucho lo que pudo avanzar ya que éstas se encontraban atestadas de vehículos militares, solicitó a la tripulación de un tanque que iba en dirección a Reichenberg, que la llevaran de vuelta. Ellos accedieron y así fue como ella regresó completamente agotada, pero sana, con el bebé junto a su pecho.
En aquella época también se evacuó a los dos niños que durante largo tiempo vivieron con nosotros. Quién sabe si alguna vez estos miles de niños volvieron a ver a sus padres o parientes, jamás.
Un oficial alemán que pasó algunas noches con nosotros, camino de regreso, dejó un cajón cerrado con llaves, que más adelante casi nos fue fatal.
En estos últimos meses de guerra, llegó al mundo mi última hija, Ully, el 7 de enero de 1945 nació durante un ataque aéreo; nuevamente fue un parto difícil y di gracias a Dios porque junto a mí se encontraba Fritz y no me hallaba abandonada en algún lugar de la calle, como otras madres. Ully, afortunadamente, resultó ser una hermosa criatura, gordita y sana.
La situación se hizo diariamente peor; la guerra estaba perdida hace tiempo, pero el sufrido pueblo alemán debía defender ciudad por ciudad, y muchos miles y miles de personas sacrificaron su vida inútilmente. Las personas que huían eran fusiladas públicamente.
El tronar de los cañones en las batallas se hacía más cercano y en cualquier momento se esperaba la entrada de las tropas rusas en Reichenberg. Los refugiados que venían del oriente (alemanes), llegaron a un número increíble.
A fines de abril murió Hitler (se suicidó) e inmediatamente comenzaron las conversaciones de paz. Nuestro tiempo transcurrió casi exclusivamente en los refugios antiaéreos; las ventanas vibraban con el tronar de las batallas cada vez más cercanas. Aguardábamos con gran tensión que la paz se firmara oportunamente antes de la total destrucción de la ciudad, y esperábamos la paz, esa paz que no iba a ser el fin de los padecimientos alemanes del Sudeten, sino el comienzo de sufrimientos aún mayores.
TROPAS RUSAS Y CHECAS
A comienzos de mayo de 1945 fue firmada la paz a las 12 del día; esa noche cesó el tronar de los cañones. El siguiente día, hermoso y radiante de verano, estábamos con los niños en el jardín; les explicaba en esos momentos que ya no habrían más alarmas antiaéreas, cuando de pronto el cielo se oscureció de aviones enemigos y la ciudad completa con nuestro hogar fue baleado con ametralladoras. Corriendo al refugio antiaéreo comenzó la "paz" en nuestra región. Junto a la balacera hicieron su entrada a la ciudad las tropas rusas. Las casas de las calles por donde pasaron los rusos fueron saqueadas y todas las mujeres jóvenes o viejas fueron violadas. Recuerdo una prima de Fritz que llegó a nuestra casa desesperada, pues la habían violado siete rusos; ella fue solo una de las cientos de mujeres agredidas.
Fue una suerte que viviéramos al lado del hospital, razón por la cual teníamos una gran cruz roja pintada en nuestra puerta; así sólo aparecían los rusos cuando se requería a un médico.
Los soldados rusos violentaron las bodegas de vino, de tal modo que se embriagaron durante varios días. Escenas dantescas de crueldad se observaban por doquier y muchos alemanes se suicidaron durante aquellos días. Entre muchos, desapareció por completo la conocida familia Bergman; abuelos, padres y niños.
En esos días pasaron frente a nuestra casa los primeros prisioneros de guerra alemanes, heridos, harapientos, desfalleciendo de hambre y de sed; estaba prohibido ofrecerles agua u otra cosa y se les hacía avanzar a fuerza de latigazos.
De mi hermano Wolfi, que luchó en la frontera con Rusia, nada se sabía; ¿vivía aún?, ¿era tal vez uno de esos harapientos prisioneros de guerra que marchaban a Rusia?
Algunos días después de los rusos llegaron los checos, que fueron soltados al terminar la guerra. Entramos a un época sin derechos ni leyes; cada uno hacía lo que se le daba la gana.
Muchas personas eran cogidas en la calle, golpeadas, deportadas o fusiladas. Todos los alemanes debían usar en el brazo una banda blanca para ser reconocidos. Cada diez metros había un guardia que controlaba; los alemanes eran animales de caza. Todos los extranjeros obtenían de su consulado un distintivo especial. Un día en que viajaba en tranvía, éste fue detenido; subieron unos uniformados checos, los cuales escogieron al azar algunos hombres que fueron llevados a un sitio abierto para ser fusilados públicamente.
El alimento fue racionado aún más, dándole a los alemanes la cantidad mínima. los bancos estaban todos cerrados; la moneda fue devaluada y todo capital alemán expropiado. Se tuvo que entregar todas las radios, armas, máquinas fotográficas y colecciones de cualquier tipo. Todos los libros alemanes debían ser llevados a la calle, donde permanecieron muchos días expuestos a torrenciales lluvias. En esa forma fueron destruidas valiosísimas colecciones. Luego, comenzaron a ser allanadas las casas, y, si se encontraba cualquier objeto prohibido, los habitantes de esa casa eran fusilados en el mismo lugar.
Fritz perdió su puesto como médico jefe de la clínica y su consultorio fue confiscado. Las personas comenzaron a ser detenidas sin distinción de hombres y mujeres, para ser deportados o llevados a prisión. Éstas muy pronto se hallaban repletas, de tal modo que otras personas fueron llevadas a campos de prisioneros a algún lugar de Bohemia o sencillamente fueron asesinados. Algunos conocidos desaparecieron durante aquellos horribles días y nunca más, hasta el día de hoy, se ha sabido algo de ellos.
DETENCIÓN DE FRITZ
Fue así como un día en la tarde llegaron los detectives y se llevaron a Fritz. No existía ninguna orden de detención, sin embargo, la más leve resistencia motivaba de inmediato el fusilamiento. Aquella noche la pasé en vela y apenas amaneció salí en busca de Fritz. Ante la oficina del director de policía se agolpaban cientos de mujeres alemanas, provistas de la cinta blanca en el brazo, tratando en vano de averiguar algo de sus maridos desaparecidos. Inmediatamente me di cuenta de que sí no lograría nada. Los soldados y policías checos no se compadecían en absoluto de las desesperadas mujeres con el brazalete blanco; muy al contrario, ya que muchas eran llevadas en camión a los cuarteles o a otros edificios estatales, en donde debían pasar el día limpiando retretes, pisos, vidrios, etc.
Pensé que de alguna manera debía ayudar a Fritz, fuera como fuera, sin embargo me obstaculizaba el brazalete blanco, que no podía quitarme debido al estricto control callejero, ya que todos los alemanes teníamos credenciales extendidas por la policía checa y que eran características. Me dirigí entonces a la casa de mi madre y conseguí sus credenciales otorgadas por el consulado inglés; me saqué el brazalete blanco del brazo, me armé de valor y partí en busca de mi marido, a punto de llorar y con el corazón latiendo a un ritmo violento; logré sin embargo sonreír y hacerme pasar por inglesa en la mejor forma posible.
La mayor parte de los guardias callejeros miraron sólo superficialmente las credenciales, permitiéndome seguir el camino. Uno, sin embargo, notó la fecha de nacimiento de los documentos; inmediatamente reaccioné y, simulando un defectuoso alemán, expliqué al guardia como si fuera una distraída inglesa que por error había cogido los documentos de mi madre, pero que lógicamente siendo inglesa, yo también lo era, y que le traería mis documentos el día siguiente. Sólo con este percance, logré llegar a la oficina del director de policía.
Yo sabía que los próximos pasos dependían de mi comportamiento. En ningún momento debía flaquear y ante los guardias debía mostrar mucha seguridad y prestancia. Decidida y con la frente en alto, pasé frente al primer guardia en la puerta de entrada. Naturalmente trataron de detenerme a gritos; con voz firme y decidida le repliqué diciendo que me quejaría con el director de policía por su comportamiento y que, además, venía a una entrevista con el propio jefe de policías. Los guardias quedaron totalmente confundidos ante mi reacción y, antes de que se dieran cuenta, ya me encontraba en el interior del edificio. Pero, ¿lograría hablar con el presidente de policía?
En el local reinaba una gran confusión; prisioneros eran llevados de un lugar a otro, interrogados y revisados. Yo no me atrevía a hablar con nadie, para no llamar la atención. Finalmente, después de una larga búsqueda, encontré la puerta del presidente de policía. La suerte me acompañaba ya que en ese momento se abrió la puerta; un hombre salió de la oficina y pude ver que el Presidente estaba sentado al lado del escritorio. Sin titubeos pasé por la puerta entreabierta. Me encontré frente a un hombre de avanzada edad, de rostro amable y ojos que emanaban bondad.
Como había logrado llegar hasta él, supuso que efectivamente era extranjera y que mis papeles se encontraban en orden. Le conté de la detención de mi marido, mencionando que era médico y que no era nazi, razón por la cual debía ser un error. Además quería saber dónde se encontraba en ese momento y si podía obtener permiso para hacerle llegar alimentos y vestimentas. En respuesta, el buen hombre me explicó que la situación era totalmente caótica, escapando gran parte de los hechos a su control. Muchas personas eran apresadas sin estar él en conocimiento de ello y muchos de estos presos eran muertos o deportados.
Hasta donde él sabía, los últimos prisioneros se encontraban en el campo de concentración cercano al edificio. Inmediatamente escribió una nota para ser entregada al comandante del campo y me autorizaba ver a Fritz para entregarle alimentos y ropa. Además, la nota agregaba que en lo posible se ocupara a Fritz en el campo en su calidad de médico. No me dio, sin embargo, ninguna esperanza para su libertad, a menos que las delegaciones aliadas aún presentes en Reichenberg se mostraran dispuestas a autorizar a Fritz para que viajara a alguno de esos países, en razón a que no había tenido una participación directa en la guerra y no era nazi.
Yo era seguramente una de mil que había logrado obtener alguna información de un pariente prisionero.
De ahí en adelante los acontecimientos se confunden en mi memoria. Es imposible recordar con exactitud en la correcta frecuencia del tiempo, debido a la enorme cantidad de hechos que sucedieron en el país, ciudad y familia, razón por la cual me remitiré a lo esencial. Cada uno de aquellos días darían motivo como para una novela.
Puedo asegurar, con la conciencia limpia y tranquila que todo lo que aquí relato es la pura verdad y no existe la menor exageración. También quiero mencionar que, a pesar de todo lo sucedido, jamás he sentido odio contra una determinada nación o persona, ni envidia, cualquiera que haya sido la posición social de ella. Y porque Dios me dotó de esa cualidad, estoy eternamente agradecida, ya que ello ha aliviado muchas veces las durezas de la vida y, a pesar de que esto pudiera caer en el terreno de la parapsicología, de la cual no soy experta, creo que es la razón por la cual muchas veces he tenido suerte con personas que normalmente actuaban con gran dureza e injusticia.
Carece de sentido juzgar a una nación por sucesos de la historia. A los alemanes se les acusa de expulsar a los judíos, de crear campos de concentración, etc. Sin embargo, lo mismo se hizo después con los alemanes del Sudeten. Mientras en el juicio de Nuremberg se condenaba a la pena capital a 100 procesados, se hacía la vista gorda con el genocidio de casi cuatro millones de alemanes del Sudeten. Carece de lógica erigirse de juez y cometer el mismo delito del acusado o por lo menos ser coautor de él. Por esta misma razón, no tiene sentido en base a un injusticia, hechos de violencia, buscar venganza y sentir odio; esto se traduce en una reacción en cadena imposible de frenar, en un círculo vicioso de la historia.
Lamentablemente, esto tampoco es mejorado en el cine y la televisión; a través de los filmes de guerra, manteniendo la misma idea errónea. Sucede después, que los niños y, desgraciadamente, también los adultos, preguntan cuáles son los buenos y cuáles los males. En la verdadera guerra, defiende cada uno su vida. El soldado no es bueno ni malo.
Es así como comenzó todo en el año 1945, en que los alemanes del Sudeten pasamos a ser simplemente animales de caza de las tropas rusas y checoslovacas.
Por suerte encontré en aquel entonces a Fritz en un campo de concentración ubicado en un edificio que anteriormente había sido usado para exposiciones; yo sólo tenía autorización para verlo un minuto; podía entregarle ropa y alimentos, y, sobre todo, algo de esperanza. Además, el comprobar su calidad de médico le resultó sumamente útil.
Lo que Fritz tuvo que vivir y ver en aquel campo de prisioneros los primeros días, lo contaré más adelante. Uno de esos días un ciudadano que poseía una colección de armas, por supuesto fuera de uso, pero que a pesar de eso fue fusilado en su casa delante de sus hijos y de su mujer, por no haberla entregado, me hizo recordar que en nuestra casa estaba ese baúl cerrado, que había dejado un soldado alemán; le rompimos la chapa y con sorpresa vimos que estaba lleno de revólveres y pistolas. Esperamos con María que oscureciera y lo llevamos hacia un pozo cercano, en donde hundimos el baúl que podría haber sido nuestra sentencia de muerte.
En esa época también fue detenido el cuñado de Fritz -Josi, el director de banco-, que siempre fue un hombre muy tranquilo y apolítico; desapareció por muchos meses. Más adelante contaré cómo y bajo qué circunstancias logré encontrarlo después. Su esposa, Christl (hermana de Fritz) fue detenida y apresada; gracias a Dios, le fue posible a su hija sacarla de prisión después de algunas semanas.
Mi primo Hermann, que en aquel entonces tenía un puesto de secretario en Praga, desapareció totalmente, sin que nunca más se tuviera noticias de él.
Mi hermano Wolfi, que hasta el último había luchado como oficial alemán en el frente ruso, también había desaparecido y sólo después de mucho tiempo y en forma novelesca, logramos saber que se encontraba en Siberia, como prisionero de guerra.
Edith, mi media hermana, fue llevada hacia el interior de Bohemia, donde estuvo haciendo trabajo forzado de tipo agrícola, en condiciones sub-humanas.
Mi cuñada, Leni, que por nacimiento era mexicana, sólo la pudieron liberar de aquel infierno mucho después.
Mi cuñado, casado con Walli, de profesión médico y de origen ruso ucraniano, que había llegado a Bohemia durante la revolución rusa, fue deportado.
DEPORTACIONES
Ya era un hecho que las potencias vencedoras de la guerra estaban de acuerdo en deportar a todos los alemanes del Sudeten, de las tierras que habían sido su patria durante centurias. Los primeros días esto se efectuó en forma violenta y bestial.
Familias completas, desde abuelos a nietos, eran arreados a las calles, salvando sólo lo que podían llevar a cuestas; muchas veces los mayores y los más ancianos debían ser cargados por los demás parientes. En esta forma debieron caminar a latigazos hasta la frontera alemana. El que caía al suelo y no podía levantarse, era muerto a balazos. Llevaban todos solamente lo que tenían puesto. Es difícil saber cuántos llegaron vivos a Alemania.
En las deportaciones posteriores, se actuó en forma más humana y organizada. En este punto quiero explayarme en un hecho notable. Debido a que todos los extranjeros, incluidos los austríacos, estaban protegidos de esos abusos, se concretizaron rápidamente varios matrimonios.
Cada extranjero pasó a tener cientos de pretendientes, ya que la que se hiciera esposa de estos, adquiría aquella nacionalidad y junto a ella podía salvar todos sus bienes. Se efectuaron muchos matrimonios entre viejas y ricas mujeres alemanas con jóvenes extranjeros y con ello realizaban un excelente negocio.
Se me viene a la memoria el caso de una agradable viejecita que tenía un fino perro de raza, que era su gran amor y como hasta los perros había que entregarlos, esta viejecita se casó con un austríaco para recuperar a su perro, un fino fox-terrier, que estaba en manos de un checo, el cual gustoso devolvió el perro, pues no había logrado congeniar con él; incluso éste le había mordido la nariz.
Nuestra sobrina Christi se casó también con un austríaco, con el cual se amaban desde antes, y, después de lograr la libertad de su madre, viajaron a radicarse a Viena, llevándose a Dorli, otra sobrina nuestra. Me dejaron la tarea de ubicar a su desaparecido padre, Josi.
Era para mí un gran alivio saber que Fritz estaba vivo y no perdía la esperanza de liberarlo.
Las delegaciones belgas y francesas se encontraban aún en Reichenberg y se mostraron sumamente dispuestas a ayudar, redactando un documento (que aún poseo) en el cual ponen de manifiesto que en razón a los servicios médicos prestados por Fritz durante la guerra, eran él y su familia muy bienvenidos en sus respectivos países. Entre tanto, se hicieron presentes algunos checos, antiguos pacientes, prisioneros, medios judíos, etc.; todos ellos presentaron por escrito las diversas ayudas que habían recibido de Fritz. Todo esto lo llevé donde el Presidente de Policía, el cual me prometió cuanto antes ayudar a Fritz, a pesar de que en ese momento el desorden era tal, que su autoridad se veía disminuida notablemente.
En este lapso, se me permitió de vez en cuando llevarle algunas cosas al campo de prisioneros, ocasión que aprovechaba para llevarle encargos de objetos y palabras a otros prisioneros. Muchos pudieron averiguar, a través mío, dónde se encontraban sus parientes. Junto a mi marido también había otro médico, cuya esposa me visitaba con frecuencia, para poder mantener contacto con su marido.
Uno de esos días me contó que en su casa tenía un brazalete de oro, que había logrado ocultar y quería que yo se lo llevara escondido a su marido, por si alguna vez le pudiera servir. Como no apareció temprano el día que yo iba a verlos, la llamé por teléfono; sin embargo, en vez de ella me contestó una voz de hombre que hablaba en checo. Me hizo una serie de preguntas y luego cortó. Más tarde, durante el día, supe que la persona que me contestó era un detective. Esa noche había entrado a la casa, dando muerte a la esposa del doctor; habían ahogado a sus cuatro niños en la tina de baño, y en el subterráneo habían dado muerte a diez personas más que habitaban en la casa; entre éstas se encontraba la prometida de nuestro conocido Schani Wünsh, que actualmente también vive en Chile.
Durante este tiempo debía velar por mis cuatro hijos: Yutta de cinco; Ellen, de cuatro; Teddy, de dos, y Ully, de solo meses. Primero me ayudó con ellos Traudl, una joven mujer que al final de la guerra me ayudó en el quehacer de la casa. Debido a que su fallecido padre era checo, pensó que podría obtener algunos privilegios. Para ello debió ir a varias oficinas para poner en día sus papeles. La mala suerte quiso que un día -debido a una antigua costumbre- saludara con un "Heil Hitler" al entrar a una oficina; cuando notó su error ya era muy tarde y, debido a esto, fue llevada a un campo de prisioneros.
Así, frecuentemente quedaron Yutta y Ellen en la casa de mi madre, que poseía documentos ingleses, debido a que los nacidos en ese país jamás pierden su nacionalidad; por lo tanto allí yo las dejaba seguras. Fritz seguía en el campo de prisioneros a pesar de todos los intentos por liberarlo. Más tarde contaré lo que él tuvo que soportar en ese lugar.
Uno de los muchos problemas que debíamos afrontar, era el asunto del dinero, ya que ahora estábamos en Checoslovaquia y el marco alemán ya no valía nada. Todo el dinero que teníamos en el Banco, que no era mucho, fue confiscado. Fue promulgado un decreto, mediante el cual se dictaminaba que a todos los que tuvieran dinero en el Banco, se les entregaría una cantidad mensual para subsistir, de acuerdo al grupo familiar. Esta cantidad era determinada por un comisario político.
Con el fin de conseguir permiso para obtener esa cantidad, salí temprano en la mañana con Teddy y Ully a la oficina correspondiente. En el lugar me encontré con una fila de kilómetros, y el "señor comisario" aún no había llegado. Cuando finalmente llegó, resultó ser un checo que hasta hace poco vivía cerca nuestro, por lo que seguramente me conocía de vista. Ully, de meses, lloraba; Teddy ya estaba hambriento y cansado. El "buen" hombre pareció compadecerse de mí y me dijo al oído, en checo (idioma que yo dominaba ya muy bien), que no era necesario que esperara tanto con los niños, que consiguiera con quien dejarlos en la tarde, a la hora en que durmieran, y él me tendría el certificado. Yo creí que lo hacía como buen vecino y me sentí agradecida. Aproveché la siesta de los niños para volver a buscar el certificado que tanta importancia tenía para nosotros. La hora de mayor movimiento había pasado, y el que yo creía buen vecino me recibió de inmediato y cerró la puerta para no ser molestado, según dijo.
Bien, lo que siguió a continuación no fue muy agradable, pero sí me convenció de que un hombre, a menos que se encuentre armado o deje a la mujer inconsciente de un golpe, no puede abusar de ella. Él no se esperaba que me resistiera, seguramente confiado en su alto cargo, clave para nosotros. El resultado fue, de todos modos, que aprendimos algo del ser humano; yo, a pesar de ser muy deportiva, me encontraba exhausta; él, avergonzado y agradecido de que no hubiese gritado para ponerlo en evidencia. Sin embargo, me dio el certificado. No había sido tarea fácil conseguirlo.
Mientras tanto, Fritz permanecía preso a pesar de todas las gestiones; diariamente visitaba al Presidente de Policía, donde ya los guardias me conocían podía pasar sin el brazalete blanco en el brazo. Él me aconsejó incluso dejar por el momento las cosas tal como estaban en relación a la libertad de Fritz, ya que mientras tanto estaba más seguro ahí, pues se le podía localizar; además desempeñaba su función de médico, lo que le evitaría ser fusilado o torturado.
En ese momento fue dado a conocer públicamente la deportación masiva de los casi cuatro millones de alemanes del Sudeten, y se procedía de acuerdo a un plan preestablecido. Con este fin se hicieron los llamados campos de paso y la ciudad fue dividida en sectores. En la noche se rodeaba un determinado sector, procediéndose en la mañana a revisar casa por casa, echando a la calle sólo con lo que tenían puesto a todos los alemanes. De la calle eran llevados a carros de carga animal, para ser trasladados a la frontera alemana.
La casualidad quiso que una noche mis hijas Yutta y Ellen se encontraran en el primer sector, donde estaba la casa de mis padres. Temprano, cuando como siempre me dirigía hacia la casa de ellos, me encontré con que ese sector se hallaba rodeado de muy bien armados soldados, y, avanzar un paso más era imposible. Así mismo, nadie podía abandonar el sector rodeado.
Entre tanto, lo siguiente sucedía en la casa de mis padres: En aquella casa vivían en ese momento, mi madre, que poseía la ciudadanía británica, mi padre, alemán de 80 años, recién operado de cáncer, mi hermanastra Frieda y una conocida y hermosa muchacha checa a la que le decíamos 'Mushi', la cual había vivido con nosotros en sus tiempos de estudiante. Esta joven había venido de Praga con el fin de sernos útil. Fuera de ellos estaba Yutta y Ellen. Por ser alemanes, debían abandonar la casa Yutta, Ellen, Frieda y mi padre.
Mushi, la cual debía ir temprano al centro de la ciudad, se informó con los soldados del operativo que iban a efectuar en ese sector y, de inmediato, regresó a la casa. Decidieron esconder inmediatamente a Frieda, Yutta y Ellen en el entretecho. Las niñas contaban en ese momento cinco y cuatro años respectivamente. Mi madre se dirigió a la estación de policía del sector y, con la influencia de sus documentos británicos, logró conseguir una autorización para que pudiera permanecer un tiempo más en su casa su marido, pues estaba gravemente enfermo.
Cuando entraron los soldados a la casa, Mushi les dijo que pasaron, que fuera de ella, mi madre y mi padre, no había nadie más en aquella vivienda, e inmediatamente los invitó a tomar café con un rico kuchen, además de vino y cerveza. No desaprovecharon los soldados de pasar un rato agradable y llenar sus hambrientos estómagos, por lo cual pasaron a la cocina sin siquiera preocuparse mucho de la casa, y así fue como ni se percataron de la presencia de Frieda, Yutta y Ellen, las cuales permanecieron de todas maneras en su escondite el resto del día.
CAMBIO DE CASA
En la noche terminó el operativo y recién pude informarme de todos los acontecimientos. De ahí en adelante, se repitieron los operativos en los demás sectores. Después de estos sucesos decidí cuanto antes mudarme con mis otros dos hijos a la casa de mis padres, ya que si me sorprendían donde ahora vivía, de seguro me llevarían a los campos de prisioneros de paso. Y era imposible que volvieran a registrar la casa de mis padres. Mudarme de casa sonaba como un mal chiste, ya que en cada esquina había un guardia que detenía a todas las personas y revisaba hasta los paquetes más pequeños de los transeúntes, y, muchas veces, este paquete era "confiscado". No me quedó más que recurrir a un sistema un poco complicado de "mudanza" y a la vez bastante cansador.
Ully tenía en aquel entonces sólo cinco meses y el coche era muy profundo, quedando un gran espacio debajo de la niña. Las ruedas eran muy pequeñas; aprovechando este espacio debajo de la bebé, coloqué todo lo que pude en él y realicé varios cientos de viajes con mi hija a la casa de mis padres, ya que aún faltaban algunos días para que se efectuaran los allanamientos en el sector en que yo me encontraba. Cada viaje duraba aproximadamente un hora, pero en esta forma logré salvar las cosas más indispensables.
Luego solicité al Director de Policía un permiso para vivir en casa de mis padres, para no tener problemas posteriores. Para esto, tuve que recurrir a una gran cantidad de argumentos. Me otorgó el permiso, pero con la condición de que no sacara ningún objeto de la casa que habitaba hasta ese momento.
De esta manera, muchos checos que eran traídos en forma masiva a la zona, quedaron automáticamente dueños de casa y todo lo necesario para llevar una vida holgada.
La deportación de los alemanes en aquel momento, hacia una vida incierta de hambre y miseria, llevó nuevamente a un gran número de ellos al suicidio, entre ellos muchos conocidos nuestros. Recuerdo a un matrimonio de arquitectos amigos, que en la noche anterior a su deportación, abrieron la llave del gas de tal modo que, en cuanto hicieron su llegada los soldados checos, los encontraron a ambos muertos en sus camas.
Mi hermanastro Ernie, cuya mujer Liese era austríaca, se fue a pie a Austria, junto a su hijito de sólo un año y una mochila al hombro. Después de meses nos enteramos de que habían logrado llegar sanos y salvos a Salzburgo-Goisern.
Así transcurrieron los días y, a pesar de las gestiones y aunque no se le encontrara culpabilidad a Fritz, éste seguía en el campo de prisioneros.
En el campo muchos prisioneros fueron fusilados y otros torturados; los responsables de dicho campo trataban de tranquilizar sus conciencias con alcohol y muchos vivían al borde de crisis nerviosas, por lo que llegaban donde Fritz en busca de consejo médico. La mayoría de los guardias del campo eran antiguos presidiarios, procedentes de las cárceles, que fueron abiertas al final de la guerra, razón por la cual muchos eran delincuentes o sádicos.
En estas condiciones transcurrieron algunos meses, hasta que los mismos checos decidieron cambiar la totalidad del personal, quedando al mando del campo un hombre llamado Stenzel, que implantó un trato más humano.
Al comienzo eran deportados a Alemania Occidental u Oriental; sin ninguna organización, los prisioneros de los campos de paso eran llevados en carros de transporte animal. Más tarde reclamaron especialmente los alemanes occidentales, pues ya no había ninguna posibilidad de dar cabida a tan gran número de personas. Debido a esto, fueron dejados un mayor tiempo los prisioneros en los campos de paso, hasta que algún pariente de Alemania Occidental los reclamara.
En ese tiempo, quedaban muy pocos alemanes del Sudeten que caminaban libremente por las calles; entre esos pocos estaba yo. El resto estaba en campos de concentración, desaparecidos, en las cárceles o deportados.
La comida era tan escasa, que me pareció correcto cualquier medio para conseguir la adecuada alimentación para mis niños. Por lo tanto, inventamos que a mi madre se le había perdido su cédula de identidad extranjera, con la que obtenía cierta ración mayor, y con la nueva que le dieron pude conseguir para mí y mis hijos mejores raciones de comida.
Transcurrieron semanas; diariamente iba al campo de prisioneros, donde el Presidente de Policía, a la delegación francesa y belga, las cuales luego se fueron. Mis nervios comenzaron pronto a hacer crisis; una mañana tuve un acceso de llanto y mi cuñada Leni me relevó por unos días la cotidiana ida hacia las oficinas. Justamente en esos días Fritz fue dejado en libertad por un corto tiempo. La alegría fue indescriptible; él estaba tan delgado que se le veían los huesos y tenía una gran barba, pues no los dejaban afeitarse. Los niños casi no lo reconocieron.
Lo que él había visto y lo que le había tocado vivir era increíble y tan terrible que le vino una fuerte fiebre de origen nervioso; durante varios días tuve que cuidarlo para que se recuperara.
Había visto morir apaleados a muchos de sus amigos y él mismo había estado muchas veces a punto de ser muerto a palos; solamente se había salvado por su condición de médico.
Durante ese tiempo no había cesado de buscar en todos los campos de concentración a nuestro cuñado, Josi, el cual había sido detenido sin ningún motivo. Hasta el momento, nadie sabía cómo, dónde y por qué había desaparecido. Por este motivo, ya conocía a todos los jueces, todas las estaciones de policía, procuradores, etc., lo cual en esos momentos y también más adelante, me fue de gran utilidad.
En ese lapso, llegué a dominar perfectamente el idioma checo, lo cual era muy importante, ya que en todos los puestos de las oficinas públicas, colgaban letreros que decían "Prohibido hablar alemán". En esos tiempos, sin embargo, la mayoría de los checos también hablaba alemán y no era raro que una vez dentro de la oficina, al encontrarme sola con el funcionario, me dijera: "bien, ahora podemos hablar en alemán".
De mi hermano Wolfi, perteneciente a un muy conocido regimiento alemán, el 'Grossdeutschland', aún no se recibía la menor noticia, y temíamos que lo peor le había sucedido en el cruento frente ruso. Leni, su esposa, podría vivir relativamente tranquila, gracias a su ciudadanía mexicana, y vivía con la esperanza de tener noticias de su marido.
En aquellos días apareció un antiguo amigo nuestro, Arno Haller, el cual de niño había sido mi vecino y con cinco años de edad nos habíamos comprometido secretamente y jurado eterno amor. Su padre había sido mayor del ejército austro-húngaro, por lo que, para podre cobrar su pensión, fue trasladado a Budapest, en Hungría. Su madre no pudo acostumbrarse al cambio y pronto murió. Su padre falleció los últimos días de guerra en un bunker (fortín de cemento), junto a varias otras personas, como consecuencia de los bombardeos aéreos.
Arno había entrado al ejército alemán y allí se le asignó a un puesto de corresponsal de la SS. Debido a que en ese momento eran fusilados todos los integrantes de esa organización, no pudo volver a Budapest ya que muchas personas lo reconocerían. Y así, desesperado, llegó un día donde nosotros. Su gran problema era que todavía podía ser reconocido como integrante de la SS, ya que llevaba grabado en las axilas su grupo sanguíneo, lo cual constituía un indicio inequívoco de pertenencia a ella. Fritz, que se encontraba en ese momento en libertad provisoria, pudo borrar quirúrgicamente aquella marca. Con esto le salvó la vida, como más adelante se pudo comprobar. Arno se quedó algunos días con nosotros, apoyándonos mutuamente en los momentos difíciles.
Cuando en 1948, después de muchos obstáculos y dificultades, nos fuimos hacia Chile, se quedó Arno un tiempo más en Reichenberg, hasta que finalmente fue a parar a Argentina, en Sudamérica.
Fritz recién se había recuperado de la fiebre, cuando nuevamente llegaron dos detectives provistos de una nueva orden de detención. Revisaron otra vez toda la casa y se detuvieron especialmente en el escritorio, donde leyeron todas las cartas, que eran casi todas antiguas cartas de amor que yo conservaba, pero no encontraron la colección de estampillas de mi padre, que habíamos escondido en el reverso de algunos cuadros.
Fritz tuvo que irse nuevamente con los detectives y esta vez me fui detrás de ellos, para saber a dónde se lo llevaban. Primero se dirigieron a la Estación de Policía, en donde Fritz fue interrogado. Luego fue llevado otra vez al campo de prisioneros y, como imperaba la ley marcial, el jefe de policía me aconsejó luego que dejara así las cosas por el momento.
Afuera, la situación para nosotros era cada vez más crítica. Mi padre, que ya mejoraba de su operación, debía contar con una posible deportación junto a mis hermanas.
Mi madre fue aconsejada por el cónsul inglés para que abandonara cuanto antes el país y se dirigiera a Inglaterra, ya que según la ley alemana, por el hecho de estar casada con un alemán adquiriría también esa ciudadanía. En esa forma iba a ser imposible ayudar a su familia. En Inglaterra ella poseía una herencia del abuelo, la que no podía sacar de allí, pero con la cual desde ese país podría ayudar a la familia.
La casualidad quiso también que en aquellos días golpeara la puerta un haraposo vagabundo y preguntara si en aquella casa vivía un profesor Moeller con su familia. Pensamos que venía a pedir limosna, sin embargo, cuando se enteró que éramos la familia Moeller, nos contó su historia. Él se llamaba Frietsche y era de Tetschen; había peleado en el frente ruso y fue tomado prisionero después de la batalla de Stalingrado. Antes que lo apresaran se había sacado todo indicio de rango, junto a algunos oficiales, con lo que salvaron sus vidas, pues los rusos fusilaban de inmediato a todos los oficiales capturados. De este modo conoció a Wolfi, que había estado junto a él y le había dado la dirección de sus padres, por si algún día tuviera la oportunidad de comunicarse con ellos, ya que Wolfi fue llevado a Siberia, que era el peor lugar para prisioneros.
Frietsche logró fugarse y, como sabía muy bien el idioma checo, llegó a Reichenberg atravesando Polonia, y logró ubicarnos. Gracias a él, ahora sabíamos que Wolfi vivía, y aunque su destino fuera incierto en ese horrible campo de prisioneros, no perdíamos las esperanzas de volver a verlo algún día.
Una vez terminado su relato, lo atendimos de la mejor manera posible y le ofrecimos nuestra casa para que se quedara, pero él estaba muy inquieto, pues quería llegar a Tetschen para saber algo de su familia. Partió al anochecer, ya que viajaba a oscuras en una vieja bicicleta, y quedó de avisarnos de algún modo cómo estaban sus parientes, pero nunca más supimos de él. Espero que todos sus esfuerzos no hayan sido en vano.
La deportación de mi padre con mis hermanas Edith y Frieda ya no podía ser retardada más, y así llegó el día en que mi octogenario padre, enfermo y con una mochila al hombro, hubo de abandonar su patria, su esposa y sus nietos y todo lo que había forjado en su ardua vida. Fue puesto en un vagón de animales y llevado a una superpoblada y hambrienta Alemania. Nunca podré olvidar su última mirada hacia nosotros, con lágrimas en sus ojos.
Luego mi madre tuvo que iniciar su viaje a Inglaterra, para tratar desde allí hacer algo por toda la familia.
Mi cuñada Leni también preparó su viaje a México, junto a su hijita Ingrid, la cual Wolfi todavía no conocía; y también llegó el día de su despedida.
Antes de seguir escribiendo sobre esto, reparo en que me estaba quedando sola, sin familia, en Reichenberg (ahora Liberec), quisiera incluir un capítulo sobre aquello de lo que en realidad fue y será lo más importante en nuestras vidas (la mía y la de Fritz); me refiero a nuestros hijos. Debido a lo poco que les he podido mencionar, se podría pensar que no tuvieron un papel muy importante, sin embargo, fue su presencia lo que siempre me infundió nuevo valor y ánimo para seguir luchando por algo que no parecía tener sentido.
Ellos le daban sentido. Los cuatro eran muy pequeños, Ully, de sólo meses; Teddy, con dos años; Ellen, con cuatro años, y Yutta tenía cinco años. Yo no sé cómo, pero jamás me dieron mucho trabajo; eran hermosos y buenos; se adaptaban a cualquier situación y problema. En general, eran sanos, aunque tuvieron las típicas enfermedades infantiles. Una vez a los cuatro les dio tos convulsiva y debía correr con un balde, de uno a otro, cuando les venía el acceso de tos con vómitos.
Ellen tuvo, además, una fiebre glandular, y como en aquella época no había antibióticos, estuvo durante semanas con 40 grados de fiebre; a raíz de ello quedó con una cicatriz en la retina del ojo. Yutta, un día, tragó un pinche de pelo, el cual estuvo diez días en sus intestinos; milagrosamente fue expulsado sin haber causado mayores problemas. Gracias a su tierna edad, no se daban cuenta de la seriedad de nuestra situación, por lo que tuvieron, a pesar de todo, una bonita niñez, ya que nunca tuve que separarme de ellos y pude darles siempre lo mejor que se podía en aquellos tristes días.
Mi madre, como ciudadana inglesa, podía llevarse algunas cosas a Inglaterra, y, de esta forma, logramos salvar algunos enseres.
Quedé en la partida de mi padre y luego de mi madre y Leni, sola en nuestra casa, y sabía que muy pronto mi hogar iba a ser asignado a una de las muchas familias checas que en gran cantidad estaban siendo traídas a la zona.
EL HOGAR EN UN SÓTANO
Mientras tanto, conseguí una confirmación en el sentido de no ser deportada mientras Fritz se encontrara en el campo de prisioneros, y que tampoco yo iba a ser llevada a otro, lo que alivió mi existencia durante ese tiempo. Y nuevamente tuve suerte, pues en vez de ser lanzada a la calle, conseguí que me dejaran habitar el sótano de la casa, que antiguamente era una lavandería, e incluso pude bajar dos camas y una mesa para fijar ahí mi futuro hogar, ya que la casa fue dividida en dos y entregada a dos familias checas, que resultaron ser bastante agradables, por lo que no tuve problemas de seguir habitando el sótano de la que había sido nuestra casa.
Ya no quedaban alemanes viviendo en el vecindario, por lo que pronto mis hijos comenzaron a hablar checo; incluso entre ellos se comunicaban en este idioma, lo que impidió que fueran alguna vez golpeados por fanáticos checos. Nuestro hijo, a quien en realidad le habíamos puesto Fritz, de ahí en adelante se llamó Teddy, pues el nombre Fritz, típico alemán, podría causar serias dificultades.
Nuestro amigo Arno afortunadamente logró convencer a las autoridades de que era húngaro y en esta forma consiguió trabajo en una firma de importaciones de nombre 'Klemm'. Se fue a vivir con nosotros al sótano y nos ayudaba pagando un arriendo. Mi madre me enviaba frecuentemente cigarros ingleses, que yo lograba vender a un buen precio. Además, gané dinero copiando un traje de baño de mi marido, tipo "bikini" para hombre, y como el modelo gustó, fabriqué gran cantidad de ellos y los vendí a los integrantes de la policía checa.
Mis hijos no debían pasar hambre, por lo que no me avergüenza decir que cuando iba de compras, muchos víveres iban a parar a mi bolso sin que luego aparecieran en la cuenta.
En invierno, cuando el termómetro marcaba hasta tres grados centígrados bajo cero, por ningún motivo podíamos prescindir de la estufa, por lo que en la noche salíamos a robar carbón y así mantener vivo el fuego.
Entre los checos había también personas agradables y siempre dispuestas a ayudar, aunque lo hacían a escondidas de sus compatriotas.
Fritz, mientras, seguía aún por tiempo indefinido en el campo de prisioneros, en donde las condiciones de vida seguían mejorando. Ya nadie era ejecutado y el trato hacia los prisioneros había mejorado. Periódicamente le llevaba algo de comer y ropa.
Él era aprovechado como médico, lo cual le dio oportunidad de ayudar a otros alemanes y ayudarse a sí mismo, debido a la posición respetable que adquirió. En el futuro, esto le iba a servir mucho.
Durante todo el tiempo, seguía también buscando a mi cuñado Josi, inútilmente. Hasta que un día escuché que venían unos prisioneros del interior de la provincia, y entre ellos figuraba el nombre de Josi Halbig. Conseguí cuanto antes un permiso para ir a verlo.
Sobre lo que ahora debo relatar, escribo y recuerdo de mala gana, ya que mis recuerdos deben estar libres de exceso de sentimentalismo, dramatismo y ajenos a sentimientos de odio y rencor. La verdad, sin embargo, hay que darla a conocer.
A Josi lo encontré en una celda individual y si lo hubiera hallado en otro lugar, hubiese sido imposible reconocer lo que quedaba de ese ser humano. Era sólo piel y huesos; no podía mantenerse en pie y apenas hablaba. Cuando me vio, sólo atinaba a llorar y llorar.
Más tarde supe que durante meses había sido enviado al interior de la provincia, de una prisión a otra, donde periódicamente era golpeado, hasta quedar inconsciente, y luego era despertado con un chorro de agua fría, y todo el tiempo casi sin nada de comer.
Ahora que estaba de vuelta en Reichenberg, nadie podía dar una razón por la cual él había tenido que soportar todo eso, ya que ni el más remoto cargo se le pudo comprobar y nadie tenía nada contra él. Sin embargo, ahora su caso debía ser estudiado, por lo que aún no podía ser puesto en libertad.
Se me permitió llevarle alimentos todos los días y, posteriormente, conseguí que fuera transferido al campo de prisioneros donde se encontraba Fritz. Más tarde, cuando su caso fue declarado un lamentable error, fue deportado a Alemania Occidental, en donde ya se encontraba su mujer Christl junto a su hija menor, Dorli.
Mientras, nosotros seguíamos viviendo en el sótano, y, como las prisiones quedaban bastante lejos, tenía que correr todo el día para lograr atender a los niños y conseguir alimentos.
Recuerdo que en una ocasión la calle de enfrente estaba siendo reparada; los trabajadores eran vigilados por un ex-presidiario del tiempo del nazismo. Todas las noches traían sus herramientas y diversos sacos para guardarlos en el sótano; en la mañana, recogían las herramientas y dejaban los sacos. Un día llegó la policía y comenzaron a revisar los misteriosos sacos; resulta que contenían nada menos que explosivos, los cuales habían sido robados por el vigilante de la faena y luego los habían guardado en el sótano, quien sabe con qué oscuros propósitos.
Naturalmente fui considerada sospechosa e inmediatamente me llevaron a la policía; tuve que realizar grandes esfuerzos para convencerlos de mi inocencia. ¡Y pensar que durante todo el tiempo que los sacos estuvieron en el sótano, estaban allí también mis niños jugando entre explosivos! Había sido un milagro que no voláramos todos por el aire.Así transcurrieron los días, llenos de aventuras, las cuales no terminaría nunca de contar.
Nuestra casa, que ahora era solamente para mí el sótano, colindaba con el bosque. El bosque comenzaba detrás de nuestra casa y parecía no tener fin, pero yo conocía cada árbol, cada arroyuelo, y los claros salpicados de hermosas flores; todo era como mío y allí encontraba consuelo, ese consuelo que otras personas buscan en las iglesias, yo lo encontraba allí, en contacto con la naturaleza, que fue siempre mi más grande aliada. Cada minuto que tuve libre lo utilizaba para ir con los niños a pasear a aquellos lugares.
Con el tiempo, comenzaron a disminuir las deportaciones. Alemania Federal se encontraba sobre poblada y sólo quería recibir aquellas personas que tenían parientes o amigos que pudieran hacerse cargo. La mayoría eran llevados ahora a Alemania Oriental, país que no era precisamente muy deseado por esa gente.
La mayoría de los "presos", después de ser enjuiciados, eran llevados al interior de Bohemia a trabajar a las minas de carbón. Sin embargo, como los juicios eran sumamente demorosos, las cárceles se hallaban abarrotadas de personas.
Para evitar el desarrollo de enfermedades y epidemias en los campos de prisioneros, se dispuso una especie de hospital para todos aquéllos y para las cárceles, en donde trabajaba Fritz junto a otros médicos. Esto mejoró mucho su situación y hasta le permitieron ir a visitarnos de vez en cuando.
Nuestro futuro, sin embargo, era aún muy incierto.
El juez me daba esperanzas de que pudiera ser puesto pronto en libertad, debido a la gran cantidad de cartas que se habían recibido a su favor, pues fue siempre una persona dispuesta a ayudar a los demás y muchos le debían grandes favores; además no existía ningún cargo concreto contra él. ¿Dónde íbamos a ir en caso de salir en libertad? Para Alemania Federal era prácticamente inútil. Mi madre había gestionado nuestra ida para Inglaterra o Nueva Zelandia, sin embargo, no había ninguna posibilidad por el hecho de ser alemanes.
Durante un tiempo nuestras esperanzas estuvieron puestas en Austria y lo intentamos de la siguiente manera: Un buen día Fritz fue nuevamente puesto en libertad, pero con la obligación de seguir trabajando en el campo de prisioneros. Debido a la gran cantidad de refugiados, prisioneros y niños perdidos, la Cruz Roja Internacional comenzó a reunirlos para que pudieran ser regresados a sus hogares. Sin embargo, muchos de ellos estaban heridos y enfermos, por lo cual se requería la presencia de médicos para acompañarlos.
Un transporte iba a salir de Reichenberg hacia Hungría, y, de allí, regresaría a Austria. Desde allí, el médico que acompañara la misión, tenía que volver a Reichenberg. Fritz pensó que en Austria podría conseguir una autorización para que entremos a ese país, por lo que consiguió el permiso para acompañar la misión. El transporte consistía en un tren abarrotado de húngaros, rumanos y búlgaros. Al llegar a Budapest, aprovechó de visitar a un matrimonio amigo que había perdido a sus dos hijas en un bombardeo a la ciudad. Ellos vivían en aquel momento en el sótano de su destruida casa y recibieron con alegría a Fritz, el cual aprovechó de llevarles víveres que consiguió con la Cruz Roja, con lo que hicieron un pequeño banquete para festejar el encuentro.
Al día siguiente, el viaje siguió ahora en dirección hacia Viena. En el tren, la mayoría de los que iban allí, llevaban solamente lo puesto; los más afortunados poseían un saco o una mochila para guardar sus modestos bienes. En la noche, antes de cruzar la frontera hacia Austria, el tren fue detenido por bandidos. Estos eran del tipo mongol, y arrebataron brutalmente a los refugiados lo poco que tenían.
Así llegó a Viena aquel triste cargamento de seres humanos, para ser puestos a manos de la Cruz Roja. Fritz logró pasar cinco días allí, donde su tía Ricci, y utilizó estos días para recorrer todos los ministerios, organizaciones médicas, etc., con el fin de conseguir una autorización para poder trasladarnos a aquel país.
A pesar de ser médico y nacido en Reichenberg cuando perteneció a Austria, y de que luchó en la primera guerra mundial como oficial del Imperio Austro-Húngaro, y de haber trabajado como médico joven en Viena, todos sus intentos fueron en vano. La respuesta era siempre que Austria ya se encontraba sobrepoblada y que las vacantes de trabajo debían ser destinadas a los judíos que regresaban al país.
Después de semanas, llegó Fritz de vuelta a Reichenberg, donde lo esperábamos preocupados. Durante todo ese tiempo, no habíamos tenido noticias de él y esperábamos ansiosos que hubiese conseguido una nueva patria para nosotros. Sin embargo, sólo algunos días estuvo junto a nosotros, ya que nuevamente fue detenido para ir a trabajar al campo de prisioneros. La argumentación que se usó para su nueva detención consistía en que había trabajado para la SD, o sea, para el Servicio de Seguridad Alemán.
Con el tiempo, sin embargo, se pudo determinar que su único "delito" había sido informar a la SD de las actas de nacimientos, muertes, enfermos, lo cual como médico era obvio que debía hacerlo.
Nuevamente nuestra situación se tornó insegura, y las innumerables caminatas hacia el juzgado comenzaron de nuevo. Sólo después de muchos meses pude considerar a Fritz "fuera de peligro".
Aproveché mis idas al campo de prisioneros para ayudar a varios presos en sus gestiones, ya que había llegado a conocer a todos los policías y jueces del lugar.
Yutta ya había cumplido seis años y Ellen cinco, y ya era tiempo de que fueran a alguna escuela. Finalmente fueron aceptadas en una, por ser un cuarto de inglesas. A esa altura ellas ya hablaban exclusivamente checo. Para llegar a la escuela debían caminar tres cuartos de hora, muchas veces con nieve y lluvia.
Una señorita de nombre Anna, antigua funcionaria bancaria, fue puesta en libertad provisoria en espera de su turno para ser deportada; como no tenía dónde ir, se fue a vivir con nosotros. Y fue una buena solución para ambas, ya que ella podía disfrutar de un ambiente de hogar y me retribuía la hospitalidad con el cuidado de los niños.
Aún no sabíamos lo que haríamos en caso de que Fritz fuera liberado definitivamente.
Muchos médicos alemanes eran llevados ahora a Siberia y a esas alturas era casi imposible conseguir visa para emigrar a cualquier país, a menos que se tuviera parientes que se hicieran cargo de ellos y que el país lo permitiera.
EL CÓNSUL CHILENO
Un día supe por unos conocidos que en Praga se hallaba un cónsul chileno, el cual buscaba profesionales, aunque fueran alemanes, para que se establecieran en Chile. La noticia me pareció algo imposible, no obstante, debía intentarlo todo. Como los alemanes no podíamos circular libremente de un lugar a otro, es decir, de una ciudad a otra, me dirigí hacia Praga provista de mi cédula de identidad falsificada, que me señalaba como ciudadana inglesa.
Muy temprano, cuando aún estaba oscuro, me subí al tren, que en un viaje de tres horas me llevó a mi destino. En el tren iban unos campesinos checos que llevaban pato asado, café caliente y pan; me invitaron a tomar un suculento desayuno, de tal modo que arribé a la capital física y espiritualmente fortalecida.
Llegué temprano al lugar, sin embargo, éste no abría hasta las dos de la tarde. Aproveché para visitar otros consulados y en todos recibí la misma respuesta: 'No se aceptan inmigrantes alemanes'. En el consulado inglés se me concedió la posibilidad de estar un corto período en ese país, siempre que antes consiguiera una visa de emigrante hacia otro país. Esta concesión se me hacía porque mi madre era inglesa y se hallaba en aquel país.
Después de todas estas averiguaciones, no quedaba otra posibilidad para nosotros que Chile; era nuestra última esperanza. Llegué al consulado chileno a las dos de la tarde, con los pies temblorosos y se me hizo pasar; nuestro destino se decidió de una forma inesperada.
El cónsul se llamaba Celso Vargas y era un auténtico caballero chileno. Él no hablaba alemán y, por supuesto yo tampoco español, así que conversamos a través de un intérprete. A pesar de que había mucha gente afuera, él me atendió por más de una hora.
En primer lugar, le relaté lo mejor posible nuestra situación; Sobre la profesión de Fritz, su estadía en el campo de prisioneros, su posible y pronta libertad; sobre nuestros cuatro hijos, los cuales se los mostré con una foto que tenía. Él me dijo con toda franqueza que Chile estaba interesado en llevar especialistas europeos a su país, con el fin de que se establecieras allá, particularmente químicos; y que no buscaba precisamente médicos, ya que el título no era reconocido en Chile. No obstante, añadió que él estaría dispuesto a ayudarnos dándonos una visa haciendo pasar a Fritz como químico.
Para esto, primero debíamos solucionar otros problemas, como era la carencia de pasaporte, ya que desde el término de la guerra éramos considerados apátridas, por lo que debía conseguir un pasaporte de esa categoría emitido por el gobierno checoslovaco. Para facilitar esta gestión, el cónsul me extendió un certificado premunido de una gran cantidad de timbres, en que señalaba que el gobierno chileno estaba dispuesto a recibir al Dr. Fritz Demuth y familia en su país, por lo cual solicitaba al gobierno checo que extendiera el mencionado documento.
Como se necesitaba registrar las huellas dactilares de Fritz, y era imposible que él abandonara por el momento Reichenberg, el cónsul me facilitó los papeles y elementos necesarios para efectuar la diligencia en casa.
Yo esperaba que mi madre podría financiar el viaje desde Inglaterra.
Después de esta conversación, el cónsul se sentó junto a mí y me mostró un álbum de fotografías de Chile, y me contó que era viudo con tres hijas, con las cuales se hallaba ahora radicado en Praga.
Con frecuencia miraba las fotos de mis cuatro hijos y me decía que con gusto me daría la visa para Chile, ya que aquellos cuatro hermosos niños 'eran un buen aporte para la joven raza chilena'. Al fin, debimos darle término a tan agradable conversación pues había mucha gente esperando.
Me dirigí al consulado británico, que aparentemente se encontraba cerrado, pues estaban en la hora del "teatino". La secretaria tuvo la gentileza de invitarme, cosa que aproveché para contarle nuestra historia y mostrarle la necesidad de que me dieran una visa provisoria para salir del país y luego ir a nuestro destino probable, Chile.
Inmediatamente me consignó el certificado necesario.
En la media hora que me quedaba, fui al Ministerio checo y, mostrándoles los papeles que llevaba, me dieron la posibilidad de darnos pasaportes sin nacionalidad, siempre que trajera las fotografías que se necesitaban y otros datos.
Una vez de vuelta en Reichenberg conté todo lo sucedido a Fritz y nos hallamos ante una difícil decisión. Lo primero fue escribir a mi madre a Inglaterra para ver si estaba en condiciones de financiarnos el viaje hacia su país y de allí a Chile. Cuando llegó la respuesta afirmativa de mi madre, prácticamente ya nos habíamos decidido por intentar la aventura de emigrar hacia Chile, a pesar de que sabíamos que allá no se le reconocería el título de médico a Fritz, de tal modo que de alguna manera habría que revalidarlo en la Universidad de Chile.
Para poder efectuar el viaje, me vi en la necesidad de ir varias veces a Praga, con mi cédula falsificada. Uno de estos viajes lo efectué con unos conocidos checos que iban en su auto a la capital. Para regresar, nos íbamos a juntar en la tarde, de tal modo que llegaríamos nuevamente juntos a Reichenberg. Sin embargo ese día hubo un atentado en el que el hijo del ex Presidente de Checoslovaquia fue empujado desde la ventana del Ministerio de Exteriores, perdiendo en ello la vida (Jan Masaryk). Inmediatamente las calles se llenaron de policías y todos debían identificarse presentando sus cédulas.
Mis amigos checos, cuando se enteraron del atentado, regresaron inmediatamente a Reichenberg, sin avisarme. Ya era bastante tarde cuando me di cuenta de ello y la situación era más grave aún, ya que el dinero que tenía no era suficiente para volverme en tren, y era sumamente arriesgado permanecer por más tiempo en las calles. No me quedó más solución que ir al hotel donde se hospedaba en cónsul chileno junto a sus hijas. Éste se encontraba con su familia en una reunión social, de tal modo que tuve que esperar hasta las 12 de la noche en el salón del hotel, que fue la hora en que regresó el señor Vargas.
[Nota: Aquí terminó mi madre de escribir su biografía en alemán. Lo que continúa sigue en castellano y fue escrito tiempo después, cuando el cáncer que iba a ser más tarde la causa de su fallecimiento, ya había afectado profundamente su salud].
Había de escribir por más de un año; el año más doloroso de mi vida. Me han operado de la columna sin éxito y los dolores que estoy sufriendo nadie los puede imaginar. Voy a escribir algo más sobre nuestra vida anterior:
Conseguí por fin -como por milagro- permiso para entrar a Chile.
Fritz estaba todavía en un campo de concentración y tuve que viajar varias veces a Praga hasta conseguir todos nuestros documentos.
Cada uno de estos viajes eran verdaderas aventuras, ya que viajaba con identidad falsa, pues como alemana no podía dejar nuestra ciudad, Reichenberg (ahora se llama Liberec).
Mi madre nos financió el viaje; casi teníamos todo listo, cuando llegó una orden de llevar, con sus familias, a todos los médicos alemanes que quedaban a Rusia; las autoridades querían obedecer las órdenes y, a pesar de que nosotros teníamos todos los papeles para salir a Inglaterra, tuve que hacer otro viaje desesperado a Praga y con la ayuda del cónsul británico, que habló con ministros y hasta habló por teléfono a Reichenberg, conseguimos por fin el permiso para salir.
Los últimos días antes de salir del país soltaron a Fritz del campo de prisioneros.
Vendimos las camas y las pocas cosas que teníamos para llegar al aeropuerto, donde incluso nos desnudaron y me sacaron en anillo de matrimonio; nosotros sabíamos que nada se podía sacar del país.
LONDRES
El avión era inglés y el capitán era tan amable que esperó una hora hasta que nos dejaron salir. Cuando al fin se levantó el avión, dejando todo atrás y con un futuro incierto, pero felices de estar vivos y juntos, sabiendo que eran muy pocos los que tenían la suerte de lograr aquello.
En Londres nos esperaba mi mamá, que ese mismo día esperaba también el regreso de mi padre desde Alemania. Después de tres años había logrado traerlo también a Inglaterra a vivir con ella.
Y así fue como, ese mismo día en la noche, al llegar mi padre, nos encontrábamos, después de tres años (1948), algunos miembros de nuestra familia.
Edith y Frieda se quedaron en Alemania, Erni en Austria, Walli en Checoslovaquia y Wolfi todavía preso en Rusia. Fue puesto en libertad en 1949, después de haber sufrido terribles torturas. Al salir pesaba 45 kg, siendo él un hombre que medía 1,85 m, por lo que solamente estaba vivo gracias a que fue siempre muy deportista y saludable.
Él se reunió más tarde en México con Leni y por fin conoció a su hija Ingrid.
Nosotros pasamos unas felices y tranquilas semanas en la casa de mi mamá en Londres, que estaba rodeada de bosques y parques. Nos parecía algo increíble estar allí juntos, pero sabíamos también que pronto debíamos seguir hacia nuestro destino, Chile.
RUMBO A CHILE
Y así fue como, en junio de 1948, después de casi 10 años desde el comienzo de la guerra, comenzó nuestro viaje. Nos embarcamos en Londres en un buque inglés, rumbo a España-Portugal-Brasil-Argentina.
Fue la última vez que vi a mi padre, aquel día en el muelle agitando su brazo en señal de despedida, ya que falleció poco después (1950).
Nos dieron dos cabinas en el barco, donde nos acomodamos con los niños. Los primeros días pasamos todos mareados, pero con el tiempo se nos pasó.
Al pasar por España y Portugal, subieron muchos inmigrantes y se llenó el buque; había de varias nacionalidades: españoles, portugueses, polacos, holandeses, etc.
No obstante, nos entendíamos muy bien y gozábamos los días sin preocupaciones, felices de estar libres al fin; todo lo pasado había sido una horrible pesadilla.
Para terminar pronto con mi relato, pues ya casi no me quedan fuerzas para escribir, debo decir que llegamos a este hermoso país en tren desde Argentina, donde habíamos arribado en el buque que nos trajo desde Londres. Y aquí comenzó nuestra nueva vida.
VICHUQUÉN, VILLA ALEMANA Y LIMACHE
Con la ayuda de muchas buenas personas logramos que a Fritz lo mandaran a Vichuquén, como médico, mientras revalidaba su título.
Entre tanto, vivíamos en una pensión y pagábamos para tres personas; con el dinero que nos había proporcionado mi madre, mientras conseguíamos cómo mantenernos solos. Pasamos esos días mucha hambre, pues sólo teníamos comida para tres y éramos seis personas. Había días en que con Fritz no comíamos nada, pero teníamos siempre gran optimismo.
Y así fue como, una vez en Vichuquén, un hermoso pueblo cerca de Curicó, nos hicimos cargo de un viejo hospital. Luego nos sentimos como si estuviéramos en el paraíso, a pesar de que Fritz tenía que andar horas a caballo para ver a sus enfermos y las operaciones las efectuaba con muy escasos recursos. Pero la gente era tan amable y el paisaje tan bello; ya nunca más volvimos a tener hambre o miedo. Nos fuimos adaptando al idioma y de a poco aprendimos a hablar castellano; los niños más pronto que nosotros y pronto también partieron a diferentes internados a comenzar sus estudios.
Fritz estudiaba castellano rápidamente, con lo que luego revalidó su título. Más o menos cinco años después, nos vinimos a vivir a Villa Alemana, para que nuestros hijos no estuvieran más en internados y pudiéramos estar siempre todos juntos.
Quisiera relatar tantas cosas tristes y bellas que han acontecido durante estos años, pero ya no puedo; por eso, mis queridos y adorados hijos:
He tratado de dejar mi relato un poco vago, de cosas que ustedes escasamente recuerdan; en el momento no puedo concentrarme para seguir escribiendo. Pero ustedes más o menos recuerdan las cosas de importancia.
Pero lo que yo quiero decirles en realidad, es que las cosas que nos pasan, a simple vista -cambiar de país, de idioma, de pueblo, casarse, etc.-, no es lo que más importa en la vida. Lo que más vale y debe durar toda la vida, es la vida interior de nuestro ser, la unión entre los hermanos, matrimonios, padres con hijos, de ser sinceros con todos y sobre todo con uno mismo.
Hay que ser muy tolerante; saber querer y perdonar, aunque a veces es difícil, pero es una manera de poder vivir en paz con uno mismo.
Yo he fallado mucho, pero lo más importante en mi vida han sido el Vati (mi marido) y ustedes mis hijos, y si he logrado que ustedes hayan crecido siendo buenos, honrados y sin mentiras, y que ustedes sigan 'unidos', superando todas las diferencias que hay siempre, tratando de ayudar el uno al otro, entonces mi vida ha cumplido la tarea que yo misma me había dado, y ustedes me han dado la satisfacción de no haber vivido en vano.
Elisabeth Margareth Moeller Goodrich




















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